El viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu.
Juan 3: 8 DHH
A veces es imperceptible y otras rutilante, pero cada vez que te expongas al Señor, busques su rostro y esperes en Él, el Espíritu Santo se mueve.
Si realmente rendís tu yo a Su voluntad y decidís vivir el proceso de transformación diaria no necesitas manifestaciones sobrenaturales para ver su obrar. Jesús entre sus amigos y discípulos no estaba constantemente mostrando actos sobrenaturales, solo en una ocasión en la que solo tres de sus seguidores lo vieron transfigurado. En todo su ministerio su vida fue como un hombre al que todos podían imitar.
En Su presencia Él modifica, rompe las estructuras, las barreras, deshace las cosas que te atan a la religiosidad que no tiene sentido para empezar a vivir lo que será lo más importante en tu vida.
La clave al ir a Jesús es discernir lo que te inspira y decidir en consecuencia. No es solo una experiencia sensorial, también involucra tus convicciones y tu fe.
No te conformes. Podés ser un excelente creyente, y no sólo alguien que no hace mal a nadie, y aun así no vivir en la plenitud del Espíritu. Así fue con un hombre que fue a Jesús de noche.
Había un hombre llamado Nicodemo, un líder religioso judío, de los fariseos. Una noche, fue a hablar con Jesús: —Rabí —le dijo—, todos sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos. Las señales milagrosas que haces son la prueba de que Dios está contigo.
Jesús le respondió: —Te digo la verdad, a menos que nazcas de nuevo, no puedes ver el reino de Dios.
—¿Qué quieres decir?—exclamó Nicodemo—. ¿Cómo puede un hombre mayor volver al vientre de su madre y nacer de nuevo?
Jesús le contestó: —Te digo la verdad, nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace de agua y del Espíritu. El ser humano solo puede reproducir la vida humana, pero la vida espiritual nace del Espíritu Santo. Así que no te sorprendas cuando digo: “Tienen que nacer de nuevo”.
Juan 3: 1-7 NTV
Nicodemo era un buen ejemplo, un hombre de prestigio y religiosamente correcto, reconocido por el pueblo y respetado, pero para él no era suficiente. Este hombre había vivido bajo la ley y en apariencia eso era perfecto.
Pero seguramente en su cabeza resonaba lo mismo que a muchos de nosotros alguna vez nos aceleró el corazón…: “algo más tiene que haber”.
Nicodemo se acercó a Jesús e inmediatamente lo reconoció como un profeta o enviado de Dios, pero el Maestro conocía su verdadera necesidad, y sabía que todo lo que había vivido hasta ese momento era mucho menos que lo que Dios le tenía preparado.
Ese día, Jesús se puso en pie y dijo con voz fuerte: «El que tenga sed, venga a mí. Ríos de agua viva brotarán del corazón de los que creen en mí. Así lo dice la Biblia.»
Juan 7: 37-38 TLA
No se trata sólo de ser un buen ejemplo, lo que Jesús está diciendo es que aquel que cree, como cita el evangelio de Juan, de su interior correrá algo diferente, serán como “ríos de agua viva… ríos de agua de vida”.
Si estás dispuesto a cederle el control de tu vida a Cristo y dejarlo ser el que verdaderamente guie tus pasos, tenés que estar dispuesto a dejarte sorprender, a vivir en lo “ilógico”, a nacer de nuevo, a repensar tus prioridades, tus gustos, necesidades y decisiones.
Andar en el Espíritu es una aventura, es “novedad de vida”. Es que cada mañana se renueven en nosotros las bondades divinas, y si realmente buscamos las obras y la voluntad de Dios, cada día puede ser sorprendente.
El Espíritu Santo vino a nuestra vida y desea llevarnos a un nivel insospechado… a la plenitud de vida.
Ruth O. Herrera
