Entonces el profeta Isaías se le acercó a Ezequías y le preguntó: —¿Qué te dijeron esos hombres? ¿Qué querían y de dónde venían? Ezequías le contestó: —Vinieron de Babilonia, un país muy lejano. Isaías le dijo: —¿Qué vieron ellos del palacio? Ezequías le dijo: —Ellos vieron todo lo que hay en el palacio y en los depósitos. No dejé nada sin mostrarles. Entonces Isaías le dijo a Ezequías: —Oye el mensaje del SEÑOR: “Llegará el día en que se llevarán a Babilonia todo lo que hay en tu palacio y todo lo que tus antepasados guardaron hasta el día de hoy. No dejarán nada, dice el SEÑOR. Se llevarán incluso hasta a algunos de tus descendientes los castrarán y los pondrán de funcionarios en el palacio del rey de Babilonia”. Entonces Ezequías le dijo a Isaías: —Este mensaje del SEÑOR es bueno. Es que se decía: «Al menos mientras yo viva habrá paz y seguridad».
2 Reyes 20: 14-19 (PDT)
(Énfasis del autor)
Ezequías honró al Señor, restableció la adoración, se preparó en obediencia para hacer frente a las crisis. Siempre buscó la dirección divina y fue un hombre de oración. Sumado a todo esto, el Dios a quien servía le concedió quince años extra de vida. Se supone que los aprovecharía para dejar establecido el reino y enseñar a su descendencia para que pudiera continuar ese legado de fidelidad y obediencia.
Él fue sanado, recibió la señal que pidió y además vivió durante muchos años más de lo que pensaba. ¡Sin duda estos eran los buenos tiempos! Pero como suele pasar, en un momento su orgullo le tendió una trampa.
El rey de Babilonia se enteró de que había estado enfermo y le envió cartas y regalos por medio de unas personas que fueron a visitarlo. Ahí la tentación fue demasiado grande. Ezequías les ofreció un recorrido por el palacio y no se privó de mostrarles nada. Quería que los extranjeros pudieran apreciar todo el poder y riquezas que había obtenido.
El problema surgió cuando se le acercó Isaías y le hizo tres preguntitas… el rey respondió una sola. El profeta agregó una pregunta clave ¿Qué vieron? Entonces Ezequías reconoció que no había dejado nada sin mostrarles. Y en ese momento recibió una palabra terrible sobre el futuro. Los babilonios iban a arrasar con lo que encontraran a su paso y hasta se llevarían cautivos a los funcionarios para ponerlos al servicio del rey de Babilonia.
La palabra fue contundente y la respuesta de este rey que siempre había sido piadoso y había trabajado por el bien de su pueblo fue extraña… podríamos decir ¿egoísta? Este mensaje del SEÑOR es bueno. Es que se decía: «Al menos mientras yo viva habrá paz y seguridad».
Como diríamos en nuestro país: “el rey metió la pata hasta el fondo” no solo fue ostentoso cuando mostró todo cuanto tenía a sus visitas, sino que luego de recibir una tremenda reprensión de parte del Señor no se hizo cargo. Estaba en completa negación “Este mensaje del SEÑOR es bueno” …si ese mensaje era bueno no quiero pensar a qué llamaría este hombre un mensaje malo. Lo único que resonó en sus oídos fue que eso no iba a suceder mientras él viviera.
Se dice que las crisis descubren cimientos, pero esto es real también para los tiempos prósperos. En épocas de dificultad es más fácil aferrarnos a Dios, en cambio en momentos de éxito podemos marearnos. La abundancia puede enorgullecernos. Es común querer mostrar nuestros logros a los demás.
Te comento un ejemplo actual: un pastor comentaba en una conferencia que cuando se encuentra con otro consiervo en algún congreso, una de las primeras preguntas que le hacen es de qué tamaño es su congregación. Él resaltaba el hecho de que nadie está libre del orgullo, de la tendencia a competir ni de la comparación y que estas son trampas a las que debemos estar muy atentos para no desviar la mirada de la misión ni de Quién nos la encomendó.
Es posible que no hayas vivido tiempos de abundancia económica tan extraordinarios como para ser tentado en esto, pero hay otras áreas donde el éxito puede llegar a tu vida y la tentación sigue siendo la misma: querer mostrarlo a otros. Puede ser una bella casa, una carrera, un milagro o aun los dones que el Señor te dio.
No te olvides de quién te los dio. No permitas que el orgullo aparezca y te haga desperdiciar el tiempo divino.
Y si ya caíste en esa trampa, el ejemplo de Ezequías te muestra que siempre hay tiempo para arrepentirse, humillarse delante de Dios y volver a empezar.
En esos días Ezequías se enfermó y estuvo al borde de la muerte. Entonces oró al SEÑOR, quien le respondió y le dio una señal. Pero Ezequías no agradeció el favor recibido, sino que se llenó de orgullo, y eso hizo enojar a Dios contra él y también contra Judá y contra Jerusalén. Pero luego Ezequías dejó el orgullo de su corazón y se humilló junto con los habitantes de Jerusalén. Entonces mientras Ezequías vivió, el SEÑOR no volvió a descargar su ira contra ellos.
2 Crónicas 32: 24-26 (PDT)
(Énfasis del autor)
Mónica Lemos
