La gente estaba en gran expectativa, y se preguntaba si tal vez Juan sería el Mesías; pero Juan les dijo a todos: «Yo, en verdad, los bautizo con agua; pero viene uno que los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él es más poderoso que yo, que ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias. Trae su aventador en la mano, para limpiar el trigo y separarlo de la paja. Guardará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará.»
Lucas 3: 15-19 DHH
De este modo, y con otros muchos consejos, Juan anunciaba la buena noticia a la gente.
Había conocido a Jesús, era parte de su familia, y tenía la revelación espiritual del plan de Dios.
Su vida siempre tuvo un gran sentido de misión. Y como era de esperar, por sus denuncias públicas, llegó el momento más temido… la cárcel. El tiempo de la angustia y la fe debilitada.
Juan, que estaba en la cárcel, tuvo noticias de lo que Cristo estaba haciendo. Entonces envió algunos de sus seguidores a que le preguntaran si él era de veras el que había de venir, o si debían esperar a otro.
Mateo 11: 2-3 DHH
¡Esta sí que no es la clase de pregunta que se esperaba de Juan el Bautista!
Había sido apresado, corría riesgo su vida y su fe comenzó a debilitarse. Y… ¿qué harías vos en su situación? La verdad es que nadie puede juzgar o minimizar su duda.
Al enviar sus discípulos a Cristo necesitaba una respuesta que pudiera afianzar su convicción y volver a revivir su esperanza. Su futuro no parecía muy alentador… y necesitaba reafirmar sus principios, encontrar dentro de él la misión para la cual había vivido y que lo había sostenido.
¡Necesitó recordar los mejores tiempos!
¿Quién es mi Mesías?
Ese era el clamor interno de Juan en la cárcel: Acordarse de lo vivido, de los días en que se reencontró con su pariente, quizás la infancia juntos, la juventud con todos sus cambios, el tiempo en que lo que lo que más los unía fue lo que los separó.
El adelantado, el precursor, el gran profeta, necesitaba recordar los tiempos de fuerza y coraje y repetirse a sí mismo lo que había enseñado de Cristo. «Hacer memoria».
Muchas veces necesitamos sustentar nuestra fe con aquellas experiencias que nos alimentaron y formaron. Tiempos en que la manifestación poderosa de Dios nos impactó.
No es que tenemos que vivir alimentados por el pasado, pero tampoco olvidemos cómo y cuánto el Señor obró en nuestras vidas, nuestra familia y nuestra iglesia.
Los de la Junta ordenaron sacar de la sala a los acusados, y se pusieron a discutir entre ellos. « ¿Qué vamos a hacer?», se decían. «No podemos acusarlos de mentirosos, pues lo que hicieron por ese hombre es realmente un milagro, y todos en Jerusalén lo saben.»
Otros decían: «Debemos impedir que lo sepa más gente. Tenemos que amenazarlos para que dejen de hablar del poder de Jesús.»
Hechos 4: 15-17 TLA
(Énfasis del autor)
…No dejemos de contar lo que hemos visto, oído y vivido.
Así que los llamaron y les ordenaron: —No le digan a nadie lo que ha pasado, y dejen de enseñar a la gente acerca del poder de Jesús. Pero Pedro y Juan les respondieron: —Dígannos, entonces: ¿debemos obedecerlos a ustedes antes que a Dios? ¡Nosotros no podemos dejar de hablar de todo lo que hemos visto y oído!
Hechos 4: 18-20 DHH
Los discípulos también estuvieron casi continuamente exponiendo sus vidas como Juan el Bautista, pero se alimentaban de las enseñanzas, milagros y ejemplo de Jesús y eso los hizo indestructibles. Nadie pudo quitarles la vida plena.
¿Sabés dónde está fundada tu fe en los momentos difíciles? ¿Hay alguna cárcel donde puedas perder tu convicción?
Tomá hoy un momento para reconocer en tu interior la convicción en Cristo y que sin lugar a duda él es tu Mesías.
Ruth O. Herrera
