Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del río Jordán, y el Espíritu lo llevó al desierto. Allí estuvo cuarenta días, y el diablo lo puso a prueba. No comió nada durante esos días, así que después sintió hambre. El diablo entonces le dijo: -Si de verás ere el Hijo de Dios…
Lucas 4:1-3a DHH
(Énfasis del autor)
Continuando con estos pensamientos vinculados a la identidad, el relato de Lucas no termina. Luego del relato del bautismo (Lc 3:21-22) y la genealogía (3:23-38), el evangelista incluye la escena de las tentaciones.(3:1-13)
Si bien el texto comienza indicando repetidamente que era el mismo Espíritu de Dios que guiaba en todo a Jesús (lo llena, lo trae del Jordán, lo lleva al desierto), en ese pasaje se muestra que el enemigo tampoco se quedó tranquilo con respecto a la identidad de Jesús, ya que las tentaciones que el diablo le pone en el camino a Jesús quieren correrlo, desviarlo de su identidad, tentádolo a dudar.
El comienzo del evangelio de Lucas es claro: Jesús fue declarado Hijo de Dios por la voz misma del Padre en 3:22 y por su misma genealogía, en 3:38. Sin embargo, en esta escena el enemigo le habla a Jesús sobre su identidad, intentando confundirlo: “Si eres el Hijo de Dios” (4:3 y 9). Jesús lo había escuchado, pero el Tentador no se queda tranquilo.
Algunos estudiosos del texto bíblico argumentan que la pregunta del diablo debería traducirse como “Ya que eres Hijo de Dios…”, dándolo por supuesto. Siendo así, las tentaciones de Jesús tenían que ver no tanto con una incomprensión de su identidad, sino con la manera de ejercer ese vínculo con Dios, haciéndolo de manera egoísta (“di a esta piedra que se convierta en pan” v. 3) o provocadora (“Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo” v. 9)
Más allá de cuál sea la mejor traducción de esa frase, lo cierto es que antes de comenzar el ministerio público de Jesús, Satanás quiso confundirlo en torno a su identidad, haciéndolo dudar de ella o comprendiendo mal lo que eso significaba.
Lo mismo quiere hacer el enemigo con nosotros, confundirnos en cuanto a nuestra identidad como hijos de Dios, hacernos olvidar que ese vínculo no depende de nuestros aciertos o errores, sino de su pura gracia, hacernos dudar de la misericordia de Dios o de nuestra pertenencia a Él o desenfocarnos en nuestra misión.
Es por eso que necesitamos afirmar nuevamente nuestra identidad.
Como dice un gran autor cristiano: “Yo también soy el hijo/a amado/a de Dios. Apropiarme de esa identidad transforma todo cuanto piense, diga o haga.
Necesitamos volver a escuchar la voz de Dios que nos dice: «Tú eres mío/a. Eres mi Hijo/a. Tu vida fue engendrada en mí. Te amo entrañablemente. Me llena de alegría y orgullo que seas mi Hijo/a. Me siento feliz.»”.
Pablo Vernola
