Despertate

¡Despierta, alma mía! ¡Despierten, lira y arpa! ¡Haré despertar al nuevo día!

Salmos 57: 8 NVI

Cuando atravesamos largas temporadas de dolor o de desasosiego es común que en algún momento se produzca en nosotros una especie de letargo. Actuamos en modo casi automático, no pensamos demasiado, seguimos haciendo lo que debemos solo por inercia.

¿Te sucedió algo parecido alguna vez?

Durante largas temporadas las situaciones familiares requerían de mí que siguiera “funcionando” por así decirlo. No era tiempo para detenerse, llorar o descansar. Había que actuar rápidamente, tomar decisiones y seguir adelante. El mundo seguía y las obligaciones también.

De esa época recuerdo haber desplegado una gran cantidad de energía para planificar citas médicas, cuidados en casa, solicitud de medicamentos, agenda para multitud de trámites. Todo eso mientras trataba de que cada día fuera lo más parecido a lo normal, dada las circunstancias. Pasé semanas en un sanatorio, cuando la crisis pasaba y volvíamos a casa, no me sentía cansada. Volvía a mi trabajo y todo continuaba con las corridas habituales sumadas a las obligaciones laborales.  Estaba siempre en estado de alerta. No había tiempo ni espacio para examinar cómo me sentía. El cansancio llegó mucho, mucho después.

Yo me sentía como entre paréntesis, invisible, no podía reconocer ni siquiera los llamados de atención que mi cuerpo me daba.

Espiritualmente me identificaba con lo que dice la canción de Marco Vidal: Aquí estamos que dice “…nuestra barca hizo agua tantas veces en la noche y si no se hundió jamás fue por tu mano, no por nuestra habilidad sino por tu compasión…”

En estas semanas en las que he estado sumergida en la historia de David encontré algunas pistas, ciertos atisbos, huellas que él dejó casi como al descuido y surgen de sus escritos. Vivencias únicas: huidas; derrotas; batallas casi continuas; intrigas en su contra; traiciones familiares; cansancio y cierto letargo en algunas ocasiones.

A pesar de todo eso, lo que aparece una y otra vez en sus poemas es, en cierto momento, la decisión de hablarle a su propio interior, a su alma y pedirle que despierte, que también despierte a sus instrumentos -seguramente enfundados a la espera de que la música volviera a su vida-  e instruirla para que alabe a Dios, confíe en Él, se sacuda los problemas y haga lo necesario para despertar a un nuevo día.

Y vos ¿Cómo transitás tus días? ¿De qué manera protegés la fe que Papi puso en tu interior?

Si estás en una situación de letargo o de desilusión prolongada, Papá puede poner Su música en tu oscuridad y hacer que el día amanezca. Desafiate como lo hacía David

¡Despierta, alma mía! ¡Despierten, lira y arpa! ¡Haré despertar al nuevo día!

Vos podés despertar tu espíritu y hacer despertar al nuevo día que Él quiere darte.

¡Dios te bendice!

 

 

Mónica Lemos