Te vi y te conozco

Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

  1. Juan 1: 47 y 48 RVR60

 

Ayer hablábamos sobre los prejuicios y  estereotipos, reflexionábamos acerca de cómo se transforman en un obstáculo para que podamos ver y conocer a otro. En este caso a Jesús. Natanael sabía la fama que tenía Nazaret, pero de todos modos aceptó la invitación de Felipe y decidió acercarse a alguien oriundo de ese lugar y darse la oportunidad de conocerlo. Fue así como se encontró con una grata sorpresa: Jesús no tuvo prejuicios. Reconoció en él a un israelita genuino; alguien sin doblez; equivocado, pero dispuesto a cambiar y a creer.  Inmediatamente vino el asombro, nuevamente en forma de pregunta. Parece que la forma dominante de comunicación de este joven israelita era la interrogación. Él quería saber y estaba dispuesto a escuchar. Jesús resaltó esa cualidad, se identificó con su necesidad real y respondió de manera simple, pero contundente.

 

Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

 

¿Quién puede verte antes de que te acerques? Aquel que puede ver los hechos antes de que sucedan, el dueño del tiempo y del espacio. Sus ojos amorosos nunca dejan de ver lo que hay en  lo profundo de nuestro corazón y es inaccesible para los ojos humanos.

Natanael debe de haber quedado profundamente impresionado.

 

¿Te imaginás en esa situación? No sé qué hacía el preguntón debajo de la higuera, pero traslademos el momento a nuestra realidad. Supongamos que vos estás en tu casa, sentado en una silla, con la cabeza entre las manos, preocupado.  Dos horas después te encontrás con alguien que te dice: “cuando estabas sentado en tu casa, preocupado, te vi y decidí venir a verte”.

Parece una situación muy loca, pero nadie está fuera de la mirada amorosa de Cristo. Él no tiene prejuicios. En este caso, por ejemplo, no se asombró de la incredulidad de Natanael, ni le hizo ningún reproche.

 

Aquel a quien amamos y servimos nos ve como nadie jamás podrá vernos y nos recibe con los brazos abiertos siempre que vamos a Él, aun con nuestras dudas y prejuicios.

No te prives de venir una y otra vez a Jesús tal y como estás. De hecho, Él ya te vio y te conoce.

 

Mónica Lemos