Pido que les inunde de luz el corazón, para que puedan entender la esperanza segura que él ha dado a los que llamó —es decir, su pueblo santo—, quienes son su rica y gloriosa herencia.
Efesios 1. 18 NTV
Cuando Dios creó el cielo y la tierra, a continuación la primera orden que dio fue que la luz existiera. Esto es así porque la luz es imprescindible para el desarrollo de la vida.
Cuando Dios comenzó a crear el cielo y la tierra, la tierra no tenía forma, ni había en ella nada
que tuviera vida. Las aguas estaban cubiertas por una gran oscuridad, pero sobre la superficie del agua se movía el espíritu de Dios. Dijo entonces Dios: «¡Quiero que haya luz!» ¡Y al instante hubo luz! Al ver Dios la belleza de la luz, la apartó de la oscuridad y le puso por nombre «día». A la oscuridad la llamó «noche». Y cayó la noche, y llegó la mañana. Ése fue el primer día.
Génesis 1. 1-5 TLA
Nosotros estamos acostumbrados a disfrutar de los beneficios que nos provee la luz y por eso a veces nos pasa inadvertida su importancia vital. Pero sin luz, la vida no podría existir. Ni la biológica, ni la espiritual.
En el Antiguo Testamento, Isaías utilizó esta figura para profetizar el nacimiento del Mesías, Aquel que nos hizo nacer a una nueva vida.
El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobgre ellos. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
Isaías 9. 2 y 6 RVR60
(Énfasis del autor)
Mientras escribía, pensaba en algo que me pasó hace un tiempo. Estaba sentada en la sala de espera de un dispensario, una mujer entró y se sentó en la silla de al lado. De repente me miró y me dijo (tal vez para entablar conversación) que yo era una persona que tenía mucha luz, que todo lo que emprendiera sería exitoso, etc. En ese momento le respondí que era cierto, pero que esa luz no era mía sino de Aquel que habitaba en mí y luego continué: La Biblia dice En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Juan 1. 4 y 5 RVR60
(Énfasis del autor)
No suelo ser tan directa, pero ella había comenzado y yo imaginaba cómo seguiría esa historia (con una mezcla de Nueva Era y otras ideas orientales) así que decidí definir mi identidad de entrada. Por un momento la señora quedó descolocada, no sabía bien cómo reaccionar. Reafirmó su idea del principio y yo respondí de nuevo con el texto. Intercambiamos otras breves palabras, luego me sonrió y se fue.
Quedé un poco desconcertada. Aclaro que no me sentía precisamente espiritual ese día. Es más, seguí con la duda de si pudo percibir algo distinto en mí o solo intentó conversar un rato. Días después lo charlé con alguien maduro espiritualmente que despejó mis interrogantes.
Más allá de esta anécdota puntual, hoy quiero proponerte que puedas verte a vos mismo como esta oración del apóstol ya contestada.
Pido que les inunde de luz el corazón, para que puedan entender la esperanza segura que él ha dado a los que llamó —es decir, su pueblo santo—, quienes son su rica y gloriosa herencia.
No es fácil. Cada uno de nosotros sabe que aún existen áreas oscuras en su vida. No obstante, permitir que el Señor inunde de luz una y otra vez nuestro corazón habilitará que podamos entender que, más allá de toda circunstancia y de nuestras propias imperfecciones, Él nos ha dado una esperanza segura, firme, inconmovible. Somos suyos y nos considera su rica y gloriosa herencia.
Mónica Lemos
