Santidad

El Señor también le dijo a Moisés: «Da las siguientes instrucciones a toda la comunidad de Israel: sé santo porque yo, el Señor tu Dios, soy santo.

Levítico 19. 1y 2 NTV

La santidad es un tema que ha sido muy estudiado y debatido durante mucho tiempo en ámbitos cristianos. Hay opciones para todos los gustos: algunas posturas enfatizan el comportamiento externo;  el lenguaje que usamos; el tipo de vestimenta; la cantidad de horas dedicadas a la vida devocional o a la oración. Y, por supuesto, también hay oleadas de énfasis o modas eclesiásticas.

Según tu edad podés recordar los años cuando la santidad se asociaba a escuchar o no determinado tipo de música.

Era un tiempo en que el mover del Espiritu Santo había revolucionado la musica de nuestras iglesias y algunos autores como Marcos Witt, Jorge Lozano y productoras de Estados Unidos le proveían a los creyentes un nuevo conocimiento y una nueva forma de adorar que confrontaba con la idea de escuchar o no música secular.

 

Hoy sé que hay letras y melodías influídas e inspiradas y hasta dedicadas explícitamente, por y  al enemigo. En ese caso, por supuesto que no debemos permitir que afecten nuestros pensamientos ni emociones. Elegimos no escucharlas.

De lo que te hablo es de que, seguramente con buenas intenciones, se había establecido una especie de regla respecto a la música que debíamos escuchar para ser más espirituales. La realidad es que escuchar exclusivamente cierto tipo de melodías no te hace más o menos santo. Se puede escuchar música cristiana y mensajes bíblicos todo el día y, al mismo tiempo, maltratar al que tenés más cerca o ningunearlo. Esto a veces se potencia cuando se ejerce poder sobre alguien y sabemos que el Señor no lo aprueba.

 

Ahora estamos en el otro extremo del péndulo. Jesús enseñó mucho sobre “no ser religioso”, el dilema es que para cada persona tal vez signifique algo diferente, pero es tema para otra charla…

Lo cierto es que la Biblia no nos dice nada sobre qué tipo de música escuchar, como de muchos otros temas. En cambio sí habla mucho de santidad y siempre la relaciona con nuestras actitudes hacia Dios y hacia nuestro prójimo.

Cuando Dios formó la nación de Israel, le ordenó a Moisés que hablara a toda la comunidad y les dio una serie de leyes que se repiten en varias oportunidades. Él quería exclusividad en todas las áreas de la vida para que el pueblo no se contaminara… algo en lo que era recurrente.

Ese mensaje si bien abarca a toda la comunidad, es dado a cada uno de sus integrantes.

 

Sé santo porque yo, el Señor tu Dios, soy santo.

 

La intención original del Todopoderoso era formar un pueblo que le perteneciera exclusivamente, y que por eso fuera diferente a todos los demás pueblos que los rodeaban.

  

Los modelos sociales cambian con el tiempo. Hoy lo cotidiano es el individualismo extremo y el materialismo. Los hijos de Dios muchas veces participamos de  las pautas de este modelo actual. No nos detenemos a cuestionarlo y, tal vez, hasta podemos vivirlo como normal aunque con nuestros labios declaremos otra cosa.

 

El motivo para ser santos es que esa es la cualidad que caracteriza a Dios nuestro Padre, por lo tanto, está en nuestro ADN y deberíamos manifestarla en nuestra vida diaria como resultado de nuestra unión con Cristo.

El estar consagrado para el Señor necesariamente debe ir acompañado de valores y de acciones concretas que permitan ver con claridad nuestra identidad en Cristo.

 

Hoy te invito a pensar, bajo la dirección del Espíritu, cuáles son esas acciones prácticas que deben surgir de tu comunión personal con Jesús y cómo llevarlas a cabo. Cada persona es diferente y las circunstancias que atraviesa también. Pero todos podemos impregnar de santidad los lugares donde se desarrolla nuestro andar diario.

 

Mónica Lemos

(Editado)