El incapaz

El SEÑOR le dijo a Samuel: —¿Hasta cuándo vas a estar triste por Saúl? Estás triste por él a pesar de que te dije que yo me negaba a dejarlo ser el rey de Israel. Llena tu cuerno de aceite y ve a Belén a ver a un hombre llamado Isaí, pues he elegido a uno de sus hijos para ser el nuevo rey.

1° Samuel: 16:1 PDT 

Cuando Saúl fue rechazado Dios ya conocía al nuevo rey. Así Samuel es enviado a la casa de Isaí, un padre prolífico, a ungir al sucesor. El profeta, conociendo las habilidades, estatura y apariencia de Saúl, buscaba un rey que estuviera a la altura de la situación. Samuel estaba triste y deseaba una compensación. No se podía bajar el nivel. La historia la conocés, otra vez de la nada al todo. 

Me gusta mucho que David no se deprimía por quien era; al contrario, estaba orgulloso de ser pastor de ovejas. Era el que nadie consideraba; pero él no necesitaba el reconocimiento, y creo que esa fue la clave de haber sido elegido.

No buscó reconocimiento al desobedecer al padre y sus hermanos e ir a ver al entonces rey Saúl cuando Goliat insultaba al ejército. Sólo lo motivaba saber que tenía respaldo divino.

No se dejó intimidar por las palabras de desprecio, al contrario, lo afirmaron en su carácter y deseo. Era demasiado chico para compararse con otros, por eso confiaba en el poder y la fidelidad de Dios. Sabía que solo no podía y eso era su mayor fortaleza.

Lo imagino decir: “Ríanse de mí…eso me afirma”. 

La historia de David muestra que la opinión ajena sólo le afecta a quien no cree en sí mismo.

En la vida enfrentamos situaciones en las que otros pueden menospreciarnos o ignorarnos, y ¡qué difícil es no reflejarnos en ese espejo! Las palabras o actitudes ajenas no nos definen, pueden tener sólo el valor que nosotros le atribuímos. Y cuando nos halagan y reconocen no es diferente porque necesitamos ser honestos/as con nosotros mismos y reconocer nuestra realidad. 

La certeza de que para Dios somos personas únicas y con un plan personalizado nos enfoca en Su opinión y voluntad.

La tarea de madurar nos lleva toda la vida y la transformación del Espíritu Santo finaliza con nuestros días. Ser personas íntegras, equilibradas al mirarnos a nosotros mismos, es clave para ver a los demás… y como aconseja el apóstol: Al contrario, hagan todo con humildad, y vean a los demás como mejores a ustedes mismos.”

El incapaz fue el rey, no por sus virtudes, que las tenía, sino porque Dios es el Soberano. Mis capacidades se fortalecen cuando entiendo, elijo y hago lo que Dios tiene planeado. Puedo llegar a ser lo que ni imagino y hacer lo que me resulta muy difícil.

La madurez del cristiano depende de cuán dependiente de Papá sea. Somos realmente libres para decidir cuando lo conocemos íntimamente.

 

Ruth O. Herrera