Jesús llamó a un niño pequeño y lo puso en medio de ellos. Entonces dijo: —Les digo la verdad, a menos que se aparten de sus pecados y se vuelvan como niños, nunca entrarán en el reino del cielo. Así que el que se vuelva tan humilde como este pequeño es el más importante en el reino del cielo.
Marcos 18:2-4 NTV
(Ènfasis del autor)
Jesús nos invita a acercarnos a Él con la misma confianza y sinceridad que tienen los niños. Los adultos, muchas veces necesitamos sentirnos niños, buscar apoyo y contención como los más chicos. Por eso, esta clave que Jesús nos da nos sirve a todos… sí, a todos.
En los últimos días pude ver de cerca a los Pekes de la iglesia, la sencillez que tienen al confiar en Dios. Una gratitud genuina representada en dibujos y palabras cuando compartíamos juntos el recuerdo de la última cena. Hasta en los prescolares pude descubrir la fe insipiente y la expresión de confianza en que Jesús es el Hijo de Dios, algo que muchos adultos no aceptan. Creo que a esto se refirió el Maestro con el pasaje que leímos.
Sería muy provechoso si vos y yo pudiéramos ser tan maduros en Cristo como para ser niños espirituales. ¿Qué significa esto? Es vivir a Dios como un Padre presente, diario, completo, que se deja encontrar.
Los niños chiquitos no cuestionan el amor de sus padres; simplemente creen, confían y lo reclaman. Esperan cada mañana el desayuno y el beso contenedor. Del mismo modo, necesitamos confiar en el amor y la sabiduría de Dios en todo momento.
Se trata de dependencia. No empiezo mi día si Papá no me lleva con Él. No planeo mis proyectos si no le consulto su opinión… o dejo que Él proponga primero.
Cuando era chiquita, como toda niña, admiraba a mi papá, y me gustaba aprender las tablas de multiplicar sentada en sus rodillas. Hoy al recordarlo, puedo identificar exactamente la sensación de seguridad que tenía… porque él sabía más que yo. Él tenía las manos muy grandes y eran símbolo de confianza. Y cuando jugábamos, siempre notaba que era muy fuerte… más fuerte que yo.
Necesitamos sentirnos niños.
Necesitamos actuar y vivir nuestra fe como niños que conocen y comprueban que para Papá todo es posible. Cuando Él llega o, mejor dicho, cuando lo buscamos, todo se encuadra para bien.
Estoy segura de que tu decisión de ser parte del Reino es real, entonces sea cual sea tu edad, educación, identidad… necesitás ser un niño, una niña buscando a Papá. Desayunando con Él, abriendo la puerta de tu casa cada día consciente de que Él tiene que dirigir tu jornada.
No es inmadurez, es sabiduría y amor.
Ruth O. Herrera
