(…) ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!
- Juan 7. 46b (RVR1960)
Sin duda, la forma de hablar de Jesús era única porque Él sabía leer entre líneas, llegar a la verdadera necesidad escondida detrás de las palabras que escuchaba.
El lunes fuimos testigos imaginarios de su encuentro con una mujer de un pueblo enemigo. Alguien que estaba muy sola y a quien el Señor le regaló una de las enseñanzas más completas sobre la adoración. Esta chica era la destinataria más improbable para que un hombre, religioso además, se acercara a ella e iniciara una conversación. Ese diálogo le cambió la vida a ella y a todos los que vivían en Samaria. El interés que despertó en sus oyentes su encuentro con el Maestro fue evidente: Los samaritanos fueron a escuchar las buenas noticias del Reino, y Jesús tuvo que quedarse dos días más allí.
El martes veíamos el caso contrario. El texto nos habla de un joven judío muy interesado en temas espirituales quien se acerca corriendo al Señor, lo reconoce como Rabí y le pregunta qué tiene que hacer para obtener vida eterna. ¡Una excelente pregunta teológica de una persona con una vida impecable! El diálogo está lleno de llamados a la acción porque la inquietud del que se había acercado a Jesús ponía el énfasis en el hacer. Solo que el final no fue el esperado. Ese chico no pudo ver la promesa y la invitación que eran muy superiores a las demandas. Escuchó “vende lo que tienes y dalo a los pobres” y a partir de ahí quedó en shock, tan abrumado que se fue triste.
Continuamos con los dos seguidores que iban caminando hacia Emaús, luego de la crucifixión y estaban tan afligidos, tan enfrascados en su propia decepción que eso les impedía reconocer la presencia y la voz del Mesías, aquel que habían esperado toda la vida y que, paradójicamente caminaba con ellos. Solo se dieron cuenta cuando lo invitaron a hospedarse en su casa. Allí, Cristo partió el pan y los alimentó. ¡Cuánto necesitamos poder reconocer al Señor en medio de las dificultades que nos vendan los ojos!
Ayer participamos de la última historia que elegimos para esta semana: en ella observábamos que al mejor líder de la historia le tenía muy sin cuidado la cantidad de seguidores que tuviera. Los amaba y respetaba tanto la libertad de ellos que estaba dispuesto a quedarse solo antes que forzar su voluntad para hacer que lo obedecieran.
Su manera gentil, respetuosa y totalmente libre de prejuicios impregna cada uno de los encuentros que vimos como ejemplo y también contradice las fórmulas aparentemente exitosas para vivir la vida cristiana.
En estas cuatro conversaciones se desafían varios conceptos que tal vez tengamos arraigados: cuáles son los destinatarios adecuados para recibir las grandes verdades teológicas; el activismo cristiano como símbolo inequívoco de espiritualidad genuina; el “deber” de mostrar fe en tiempos de profundas crisis y, por último, de qué manera debe ser el liderazgo eficaz.
Permitamos que el Espíritu, que es quien nos guía a toda verdad y siempre nos muestra al Cristo verdadero, impregne nuestro interior cada día para que lo que abunde en nuestro corazón sea de la misma calidad y profundidad de vida que se expresó en cada palabra del Señor.
Mónica Lemos
