Su mirada

Una vez Jesús estaba caminando y vio a un hombre que era ciego de nacimiento.  Sus seguidores le preguntaron:—Maestro, este hombre nació ciego, ¿quién pecó, él o sus padres? Jesús les respondió:—No es que hayan pecado ni él ni sus padres, este hombre nació ciego para que en él se muestren las grandes cosas que Dios puede hacer.  Después de decir esto, Jesús escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se la puso en los ojos al ciego.  Le dijo:—Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: Enviado). Luego el ciego fue, se lavó y regresó. Ahora podía ver

 San Juan 9.1-3; 6 y 7 (PDT) 

Esta historia muestra, una vez más, la singularidad de cada una de las obras de Jesús. En este caso, al pasar vio a un ciego de nacimiento. Los discípulos también lo vieron y preguntaron: ¿quién pecó para que haya nacido ciego? (en su cultura, la enfermedad se consideraba un castigo divino por el pecado). Estos muchachos estaban buscando un culpable… La respuesta del Maestro puede desconcertarnos:”—No es que hayan pecado ni él ni sus padres, este hombre nació ciego para que en él se muestren las grandes cosas que Dios puede hacer.” ¿Será que Dios hace que alguien nazca con una discapacidad para manifestar su obra? En lo personal esa conclusión no me parece acertada. Lo que sí creo es que las peores  circunstancias de la vida, en manos de nuestro Creador pueden convertirse en una oportunidad para manifestar su poder.

Todos vieron al ciego, pero no todos lo hicieron de la misma manera: los amigos del Maestro lo vieron como un ejemplo para profundizar su aprendizaje; otros, como el mendigo del lugar; los fariseos observaron en él a  un ignorante y pecador que de ninguna manera podría ponerse a la altura de su santidad y consagración; el único que vio en él a una persona que necesitaba un milagro fue el Señor. Y, en este caso, sin ninguna palabra previa, pasó a la acción. Usó Su saliva para hacer barro, se lo puso en los ojos al hombre y le dio una orden:”—Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: Enviado). Luego el ciego fue, se lavó y regresó. Ahora podía ver.”

Él escuchó, obedeció y regresó con un par de ojos nuevos. ¡Estaba sano! Lleno de alegría, ni siquiera sospechaba los problemas que se le vendrían encima después.

Se armó un escándalo. Las autoridades religiosas lo interrogaron primero a él, luego a sus padres, nuevamente a él… El asunto más importante era averiguar quién se había atrevido a violar el día de reposo y había guiado a otro para que participara de su pecado. (Estaba prohibido realizar  cualquier tipo de tareas durante el día de reposo. Jesús hizo lodo, el hombre se lavó).

Al final de todo eso, decidieron  expulsar al ex ciego de la sinagoga. ¡Un milagro le había puesto su vida patas arriba! Su discapacidad al menos le permitía estar en la puerta mendigando. Cuando por primera vez pudo ver, lo excluyeron del centro de la vida religiosa y social de su aldea. ¡Quedó más aislado que nunca!

Sin embargo, alguien se enteró de su situación y decidió ir a buscarlo e intervenir de nuevo. ¿Por qué si el milagro ya estaba hecho? El diálogo es breve  y la pregunta, inédita.  Obvio, este hombre no tiene ni idea de quién es el que habla con él. Lo que sí tiene es su espíritu intacto, sensible a la voz del que le dio la vista. Eso no se lo pudo quitar nadie, ni siquiera los que tenían el poder de aislarlo.

“Jesús oyó que lo habían expulsado, así que cuando lo encontró, le dijo:—¿Tú crees en el Hijo del hombre? El hombre le contestó:—Señor, ¿y quién es él? Dímelo para que así yo crea en él. Jesús le dijo:—Tú ya lo has visto. Ese soy yo, con quien estás hablando. El hombre se arrodilló delante de él y le dijo:—Creo, Señor.”

San Juan 9.35-38 (PDT)

Su respuesta es inmediata. No sabe nada, pero está dispuesto, decidido a creer lo que le diga ese extraño desconocido que lo vio y le regaló un milagro.  El Maestro, en este caso, muestra su identidad divina ante alguien anónimo y, además, marginado quien se arrodilla en adoración y responde: “Creo, Señor”.

Jesús iba caminando, vio al ciego y lo sanó. Más adelante escuchó que lo habían expulsado de la sinagoga y decidió buscarlo para responder a su necesidad más profunda: conocer de primera mano al Hijo de Dios. ¡Qué paradoja! Los que podían asistir libremente a la sinagoga no podían admitir que ese Maestro itinerante era el Autor de la vida, sin embargo alguien ignorado dialogó con él, lo vio cara a cara y lo adoró.   

La mirada del Señor es diametralmente diferente a cualquier otra mirada. Él ve donde nadie ve. Sea cual fuere tu circunstancia, permití que tu espíritu permanezca sensible para reconocer el obrar de Cristo a tu alrededor.

 

Mónica Lemos