Jesús regresó nuevamente al otro lado del río Jordán, al mismo lugar donde Juan antes había estado bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron a él, y decían: «Juan no hizo ninguna señal milagrosa, pero todo lo que dijo sobre este hombre es verdad». Y allí muchos creyeron en él.
San Juan 10.40-42 (PDT)
(Énfasis del autor)
Juan el Bautista, lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su mamá, tuvo la misión de ser testigo del Mesías. Y dedicó toda su vida a esa tarea.
Desde que apareció en escena, las autoridades religiosas empezaron a preocuparse… Los israelitas conocían su historia, la ley y también los profetas que habían intervenido en diferentes períodos. Muchos de ellos se caracterizaron por grandes señales y milagros. Esos nombres resonaban claramente en la memoria colectiva.
Este es el testimonio de Juan cuando los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a preguntarle quién era. Juan respondió con las palabras del profeta Isaías:—“Yo soy la voz de uno que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino para el Señor’ ”.
San Juan 1.19-23 (NVI)
(Énfasis del autor)
Ahora aparecía alguien muy muy distinto. Además, tenía muchísimos seguidores. Por eso fueron a desafiarlo. Le dijeron algo así como ¿Vos quién sos? Y la respuesta los dejó más desconcertados que antes. Este hombre solitario se definía como “la voz de uno que grita en el desierto” (palabras del profeta Isaías) y demandaba acciones concretas: enderezar el camino para el Señor. Todos entendían lo que eso significaba. En ese tiempo las personas muy importantes se trasladaban en carros junto a su comitiva y si se esperaba su llegada había que ponerse a nivelar el sendero, enderezar el camino, en fin… eliminar cualquier obstáculo que retrasase o impidiese su arribo.
Actualmente sería como cuando se acerca alguna fecha patria y se espera la visita de las autoridades locales. Los municipios se ponen en marcha: envían a sus trabajadores a pintar los cordones de las veredas; hermosear la plaza; cambiar luces que no funcionan; rellenar los pozos de las calles y hacer que todo quede listo para la ocasión.
La gran diferencia de este ejemplo con el mensaje de Juan es que él hablaba de preparar un camino interior, espiritual, propicio para la llegada del Mesías. Y obvio que había demasiados “baches” u obstáculos que eliminar.
El profeta más grande entre los nacidos de mujer (según palabras de Jesús), se estaba convirtiendo en una amenaza debido a que tenía la valentía de llamarlos al bautismo de arrepentimiento y además los exhortaba a mostrar resultados visibles de ese cambio de actitud. ¡Era demasiado! los sacerdotes y levitas creían que eran los paganos los que tenían que convertirse, ellos no.
Había un gran contraste entre Juan y los líderes religioso-políticos que respondían a Roma. Ellos eran dependientes de un poder humano, que podía darles autoridad o quitársela. El mensajero que vino delante de Jesús no. De haber querido hacerlo, hubiera podido exhibir sus credenciales. Era conocido por todos. Sin embargo renunció hasta a su nombre. Eligió ser solo “una voz”. No hizo ninguna demostración de poder, pero cuando llegó Jesús se comprobó que su tarea había sido sumamente efectiva: «Juan no hizo ninguna señal milagrosa, pero todo lo que dijo sobre este hombre es verdad». Y allí muchos creyeron en él.
Tal vez alguna vez hayas anhelado tener habilidades que se destaquen, ser famoso o que tus palabras tengan peso en la sociedad. ¿Viste que cuando nos enteramos de que alguna figura del deporte o del espectáculo habla de Cristo nos ponemos contentos? Es normal y lógico. Pero hoy el Señor te invita a meditar en el ejemplo de este profeta que, teniendo la fama, el reconocimiento y admiración de sus seguidores, decidió renunciar a todo para ser solo testigo de Alguien más grande.
Mónica Lemos
