En la oscuridad

El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

Juan 3.18-20 DHH

Hace unos domingos cantamos una canción que dice: “Tú cerca estás en la oscuridad”. Y yo le pregunté a Dios: En la mía, en la interna, ¿también estás?

Pero quizás debería cambiar la perspectiva: En mi oscuridad, ¿me acerco a la luz?

Ayer escribí sobre el proceso que significa la vida cristiana, por lo menos, para mí. Y que ese proceso se completa si permanecemos en Dios. Sin embargo, a veces algo tan simple puede ser complejo, porque permanecer resulta difícil y el proceso se interrumpe. ¿Por qué no puedo lograr quedarme y seguir?

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que la cultiva. Si una de mis ramas no da uvas, la corta; pero si da uvas, la poda y la limpia, para que dé más.

Juan 15.1-2 DHH

Permanecer también significa ser transformado: Hay un cambio en mi forma de ser y actuar, hay cambios en mi forma de pensar y hablar. Algunas cosas que sobran y estorban, algunas ramas que crecieron en la dirección equivocada, serán “podadas”, como en una planta. Y la poda, aunque permite un crecimiento posterior, en el momento no deja de ser una pérdida para la planta. Y a eso, hay que sumarle que le lleva tiempo y trabajo volver a crecer y hacerlo en la dirección correcta.

Permanecer puede resultar difícil porque implica, muchas veces, un “dejar de”, un cambiar algún hábito o forma de vivir que se formó a lo largo de muchos años; y no conforme con dejar algo, también tengo que crear, cultivar algo nuevo; algo que no me nace fácilmente.

En el mientras tanto, lo más probable es que me desvíe alguna que otra vez. Y cuando eso pasa, ¿busco la luz de Jesús? A veces por vergüenza, o por temor a ser condenada, me oculto y me alejo, pero Jesús dijo que, en realidad, la condenación comienza cuando dejamos de buscar Su luz.

El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Juan 3.18-19 DHH

Al buscarlo y quedarme cerca de Él, la luz de Jesús obviamente iluminará mi oscuridad. Tendré que enfrentar lo que ahí se ocultaba y tomar decisiones, luchar contra inclinaciones dañinas, perdonar y construir nuevas relaciones… No todo será cómodo, sobre todo el sentirme expuesta y vulnerable. Y a veces mi reacción será huir, darme por vencida, y creer que la gracia no es para mí.

Pero en todo momento, debo recordar lo que Jesús dijo:

Dios no me envió a este mundo para condenar a la gente, sino para salvarla.

Juan 3.17 DHH

Y es en esa convicción, que decido permanecer y creer activamente en Él y en la obra maravillosa que tiene con mi vida. Me acerco y permanezco con la convicción de que Jesús vino a salvarme, no a condenarme; y de que las obras, los frutos, la gracia… También son para mí.

 

Yan So