Es impactante el sermón de Charles Haddon Spurgeon que compartimos esta semana, aunque solo hayan sido algunos párrafos, en los que describe y alienta al amor de Dios magistralmente.
Al terminar esta serie de devocionales, además de dejarles algo más de su última parte; solo hay una conclusión posible: no se necesitan más palabras ni análisis acerca del tremendo amor de Dios, todo está descrito 1° Corintios 13.
Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!
Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover montañas.
Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo. De nada me sirve dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás. El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.
El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie. No es orgulloso. No es grosero ni egoísta.
No se enoja por cualquier cosa. No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.
No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad. El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.
Solo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni sea necesario conocer los planes secretos de Dios. Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto. Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará.
Alguna vez fui niño. Y mi modo de hablar, mi modo de entender las cosas, y mi manera de pensar eran los de un niño. Pero ahora soy una persona adulta, y todo eso lo he dejado atrás. Ahora conocemos a Dios de manera no muy clara, como cuando vemos nuestra imagen reflejada en un espejo a oscuras. Pero, cuando todo sea perfecto, veremos a Dios cara a cara. Ahora lo conozco de manera imperfecta; pero cuando todo sea perfecto, podré conocerlo como él me conoce a mí.
Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor.
Si el amor de Cristo te constriñe te inducirá a amar a otros, pues el suyo fue un amor por otros, un amor por quienes no le podían servir, por quienes no merecían nada de Sus manos. Si el amor de Cristo te constriñe, amarás especialmente a aquellos que no tienen ningún aparente derecho sobre ti, y que no pueden esperar justamente nada de ti, sino que, por el contrario, merecen tu censura. Dirás: “los amo porque el amor de Cristo me constriñe”. Pequeñas criaturas sucias de los bajos fondos, inmundas mujeres que contaminan las calles, viles hombres que salen de la cárcel meramente para repetir sus crímenes, estas son las humanidades caídas a quienes aprendemos a amar cuando el amor de Cristo nos constriñe. No sé de qué otra manera podríamos preocuparnos por algunas pobres criaturas, si no fuera porque Jesús nos enseña a no despreciar a nadie y a no desesperar de nadie. A esas ingratas criaturas, a esas maliciosas criaturas, a esas criaturas abominablemente blasfemas y profanas a quienes te encuentras algunas veces y a las que rehúyes, debes amarlas porque Cristo amó al peor de los pecadores. Su amor por ti debe reflejarse en tu amor por los más indignos y los más viles. Él es tu sol; tú has de ser como la luna para la noche del mundo.
El amor de Jesucristo era un amor práctico. Él no amaba únicamente en pensamiento y en palabra, sino de hecho y en verdad, y si el amor de Cristo nos constriñe, dedicaremos nuestras almas a la obra y al servicio del amor; nos pondremos a trabajar realmente por los hombres, daremos limosnas de nuestra riqueza, soportaremos nuestra medida de sufrimiento, y dejaremos muy en claro que nuestro cristianismo no es de meras palabras, sino de claras obras…
Sermón #1411 Bajo Apremio 3
Volumen 24 www.spurgeon.com.mx 3
Mi deseo y oración es que esta semana hayas experimentado y te hayas conmovido por el indescriptible amor de Dios.
Ruth O. Herrera
