Pero ahora, quiten de su vida todo esto: el enojo, la ira, la maldad, los insultos y las malas palabras. No se mientan unos a otros porque ya se despojaron del antiguo ser humano que eran y del mal que hacían. Ustedes se han revestido de una nueva forma de ser. Dios los está haciendo nuevos a imagen de aquel que los creó hasta que lleguen al pleno conocimiento de él.
Colosenses 3:8-10 (PDT)
Dado que hemos resucitado con Cristo, Pablo describe con detalle todo lo que tenemos que quitar de nuestra vida. Apunta a emociones y expresiones muy concretas: enojo, ira, maldad, insultos y malas palabras. Esos rasgos eran propios de nuestra vieja manera de vivir.
Ahora bien, a continuación demanda un cambio puntual en las relaciones entre los hermanos en la fe: “no se mientan los unos a los otros”. ¿Sería habitual la mentira en la iglesia de Colosas? Porque por alguna razón el apóstol destaca ese pedido. Incluso, para reforzar la idea, lo expresa como marca de contraste entre la vida antigua y la nueva.
La vida en la comunidad de creyentes debe caracterizarse por la autenticidad porque en Cristo nos hemos despojado de esa antigua persona que éramos. Él nos ha dado una nueva forma de ser y nos sigue haciendo nuevos. Ya no necesitamos mentir, aparentar o salir del paso escondiendo nuestras fallas para quedar bien delante de otros.
Podríamos preguntarnos ¿es fácil decir la verdad? No siempre. Es más, en nuestro tiempo la sociedad no le da demasiado valor. El mentir es común, a veces ni siquiera tiene sentido porque lo que se trata de esconder es evidente.
Esta semana intercambié algunos audios de Whatsapp con alguien a quien apenas conozco. Si bien no fue un diálogo cara a cara, me daba cuenta de que me mentía; no una, sino varias veces y sin motivo. De pronto me di cuenta de dos realidades: para ella era un hábito; yo tenía que estar atenta para escuchar lo que dijera, pero no confiar en sus palabras.
Lo comparto desde la perplejidad. Entiendo que no puedo pedir conductas cristianas a quienes no son de Cristo, pero realmente no era necesario, no me debía ningún tipo de explicaciones. Y descubrí que me enoja bastante, no el hecho en sí, sino el pensar que me considere como alguien fácil de engañar. Escribía el devocional y pensaba: “yo no estoy libre de pecado, esta persona sacó a la luz mi enojo y mi orgullo”.
En este proceso de vivir en Cristo necesito ejercitarme en pedirle al Espíritu que examine mi propio corazón y sus intenciones. Luego pedirle que abra mis ojos a mi propia realidad para poder construir vínculos sanos y auténticos.
¿Y vos? ¿Cómo lidiás con la mentira y con el resto de la lista de Pablo?
Mónica Lemos
