Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Hebreos 4:12 RV 1960
(Énfasis del autor)
Hoy quiero compartir una historia que pone en evidencia el poder de la Palabra a través del Espíritu Santo:
Agustín era un joven brillante, al día con el movimiento intelectual de su tiempo, excelente orador, lector incansable, y creía que la fe cristiana sólo era para gente simple como su madre. Él pasó de una corriente filosófica a otra mientras tiene una vida de placeres y desenfreno. Su mamá oró por él todo el tiempo como su más seria preocupación.
Pasaron los años, y entre otros libros que llegaban a sus manos también leía La Biblia. Especialmente en los escritos del apóstol Pablo, pero continuaba con su vida habitual. Agustín se debatía entre dos deseos, una parte de él deseaba ser puro, pero la otra quería continuar con su vida sin límites.
Llegó un momento en el que hizo esta oración: “Señor necesito cambiar… pero todavía no”. Un día estando en el jardín escuchó que de la casa vecina un niño cantaba: “Toma y lee, toma y lee”, él lo interpretó como un llamado divino, y abrió su Biblia al azar en el siguiente texto:
Vivamos con honestidad, como a la luz del día, y no andemos en glotonerías ni en borracheras, ni en lujurias y lascivias, ni en contiendas y envidias. Más bien, revistámonos del Señor Jesucristo, y no busquemos satisfacer los deseos de la carne.
Romanos 13: 13 y 14 RVC
Al momento sus dudas desaparecieron. Dejó su vida alocada y comenzó un camino de fe… El resto es historia conocida. Agustín de Hipona o “San Agustín” hoy es considerado el máximo pensador del cristianismo del primer milenio, filósofo y teólogo, escritor incansable. Como cristiano confrontó a filosofías que iban en contra de la doctrina cristiana de aquel entonces. Participó activamente en los concilios, en los que se sancionó definitivamente el Canon bíblico que había sido hecho por el Papa Dámaso I en Roma en el Sínodo del 382. Entre sus escritos más famosos se encuentran: Confesiones y Ciudad de Dios. En su libro se lee una frase que se hizo famosa: “Nuestros corazones tienen un vacío que tiene forma de Dios”
La Palabra de Dios tiene filo en ambos lados, corta cuando entra, corta cuando sale. Nada es igual cuando nos exponemos sinceramente a la acción de la Palabra.
Tomá un tiempo especial en oración y pedile al Espíritu Santo que te muestre qué cosas necesitas “cortar” de tu vida para que puedas vivir en el Plan que Él tiene para vos desde que te llamó a seguirlo… Tal vez, como Agustín hay ambivalencias en vos, pero la Palabra sigue siendo cortante y puede penetrar y extraer de raíz aquello con lo que por mucho tiempo venís luchando.
Ruth O. Herrera
