El amor que cubre

Lo más importante de todo es que sigan demostrando profundo amor unos a otros, porque el amor cubre gran cantidad de pecados. Abran las puertas de su hogar con alegría al que necesite un plato de comida o un lugar donde dormir. Dios, de su gran variedad de dones espirituales, les ha dado un don a cada uno de ustedes. Úsenlos bien para servirse los unos a los otros. ¿Has recibido el don de hablar en público? Entonces, habla como si Dios mismo estuviera hablando por medio de ti. ¿Has recibido el don de ayudar a otros? Ayúdalos con toda la fuerza y la energía que Dios te da. Así, cada cosa que hagan traerá gloria a Dios por medio de Jesucristo. ¡A él sea toda la gloria y todo el poder por siempre y para siempre! Amén.

 1° Pedro 4: 8-11 NTV

El amor profundo es resistente. No se rompe fácilmente. Pedro añade una frase que ha sido citada muchas veces a lo largo de la historia de la iglesia, la versión que leemos hoy dice: “El amor cubre gran cantidad de pecados”.

No significa ignorar el pecado ni justificar lo incorrecto, no da lo mismo, pero pone a la persona por encima del error y no la rechaza. El amor al que estamos llamados es el que tiene la capacidad de amparar la relación frente a las imperfecciones humanas que todos vivimos. Todos cometemos errores. Todos fallamos en algún momento. Todos decimos palabras que luego lamentamos.

Sin amor, cada error se convierte en un motivo de distancia. Con profundo amor la relación encuentra caminos de restauración. Podemos aconsejar, guiar, acompañar o escuchar lo que está por debajo de la equivocación, ayudando a encontrar verdades en Cristo. 

El amor es paciente y bondadoso; no es envidioso ni jactancioso, no se envanece; no hace nada impropio; no es egoísta ni se irrita; no es rencoroso; no se alegra de la injusticia, sino que se une a la alegría de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

1° Corintios 13: 4-7 RVC 

El amor cubre cuando elegimos perdonar antes que guardar rencor y decidimos comprender antes que juzgar, buscamos restaurar antes que condenar, y proteger la dignidad y reputación del otro. Porque, en definitiva… “no hay justo ni aún uno”.

Es una decisión diaria. Amar profundamente no siempre será fácil. Hay momentos en los que el cansancio, las diferencias o las heridas pondrán a prueba nuestras relaciones. Pero el amor que Jesús demostró y enseñó no depende solo de emociones, es una decisión espiritual. Así como Él miraba a las personas desde el amor que da su vida por los demás.

Cada día podemos elegir escuchar y responder con gracia, practicar la paciencia, buscar la reconciliación, sostener la unidad, ser imitadores de Cristo. Entonces elegimos amar y abrimos espacio para que Dios actúe entre “el otro y yo”, en cada una de nuestras relaciones.

Al ser parte de la iglesia tenemos que aceptar que en La Casa del Padre no hay gente perfecta. Y debemos trabajar unidos para ser personas que cada día aprenden a amar. Decidir juntos que sea un lugar donde el amor actúa como un manto de gracia que permite seguir caminando juntos.

 

Ruth O. Herrera