Jesús le respondió: —Te digo la verdad: el que no nace de nuevo, no puede tener parte en el reino de Dios. Nicodemo le dijo: —Pero si uno ya es viejo, ¿cómo puede nacer de nuevo? ¿Acaso puede regresar al vientre de su mamá y nacer otra vez? Jesús respondió: —Te digo la verdad: el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar al reino de Dios. El que nace de padres humanos tiene vida física, pero el que nace del Espíritu tiene vida espiritual. No te sorprendas si te digo: “Ustedes tienen que nacer de nuevo”. El viento sopla para donde quiere ir. Tú lo escuchas soplar, pero no sabes de dónde viene ni para dónde va. Así es con todos los que nacen del Espíritu.
Nicodemo le respondió: —¿Cómo puede ser posible?
Juan 3: 5- 8 PDT
(Énfasis del autor)
¿En qué te pareces a Nicodemo?
El hombre sabio no entendía, necesitaba certezas, explicaciones… tener el control.
Creer… si tenía lógica. Seguir ocupando el lugar de maestro de la ley.
Creer en Jesús no es un convencimiento mental de que Él existe. La palabra «creer» en el Evangelio de Juan significa confiar el peso entero de tu vida, de tu pasado, de tu presente y de tu eternidad, en lo que Cristo hizo en esa cruz. Es responsabilizarte de tu salvación dejando de confiar en vos mismo para confiar exclusivamente en Él.
Dios quiere sacarnos el control de nuestra vida para tomar las riendas en todo.
Nuestra responsabilidad no es simplemente agregar a Jesús a nuestra lista de personas que admiramos. Necesitamos rendirnos ante Él como Señor absoluto. El Evangelio es una invitación a morir a uno mismo para que Él pueda dar una vida completamente nueva.
Jesús no estaba, ni está buscando fans. Busca discípulos. A Jesús no le impresiona la admiración intelectual. Muchos creen que Jesús fue un hombre histórico fascinante, un maestro de moralidad incomparable, o incluso un profeta inspirado. Pueden aplaudir sus milagros y citar sus frases… Pero la admiración no salva a nadie.
Nicodemo preguntó: ¿Cómo un hombre puede…? En lugar de afirmar: “Tú puedes hacerme nacer de nuevo”
No vas a entender todo. No vayas solo por lo sensorial, porque podemos sentir aún en el cuerpo experiencias aparentemente espirituales, reproducirlas o hasta imitarla, pero Dios te está llaman do a que desarrolles una amistad con Su Espíritu y que otros puedan reconocer en vos Su carácter, que es el Fruto del Espíritu, sin el cual no estás verdaderamente alineado a Su Gracia.
Si estás dispuesto a cederle el control de tu vida a Cristo y dejarlo ser el que verdaderamente guie tus pasos, tenés que estar dispuesto a dejarte sorprender, a vivir en lo “ilógico”, a nacer de nuevo, a repensar tus prioridades, tus gustos, necesidades y decisiones.
Al darle a Jesús nuestra vida completa el andar en el Espíritu debería ser una experiencia renovada diaria, no se trata solo de sobresaltos o manifestaciones llamativas sino de una conversación y amistad renovadoras con las que podamos activar en otros la paz, el consuelo, las sanidades, las palabras de sabiduría, y todas las obras que por los dones que recibimos provocan la edificación de la iglesia.
Ruth O. Herrera
