La Petición Impensable

“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos, juntos también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas.”

 

Entonces Jesús dijo: «Había un hombre que tenía dos hijos. El menor le dijo: “Padre, quiero que me des ahora la parte de tus posesiones que sería mi herencia”.

Lucas 15:11-12 PDT

 

La parábola comienza de una manera abrupta e impensada para esa cultura. Creo que a la audiencia se le detuvo el aliento con una historia de esa magnitud. Si bien en la actualidad los jóvenes se van con total naturalidad a vivir solos, en ese momento no era algo corriente. En el contexto de una aldea tradicional del Medio Oriente en el primer siglo, este pedido era totalmente inusual, era un asesinato relacional… «Padre, ojalá estuvieras muerto».

 

El padre era el administrador de la tierra. Representaba no solo la riqueza, sino la identidad, el honor de la familia ante toda la comunidad. La costumbre era que la herencia solo se distribuía tras la muerte del patriarca. Al pedir su parte de la herencia mientras el padre aún respiraba, el hijo menor estaba diciendo esencialmente: «Padre, estoy cansado de esperar que te mueras. Quiero tus cosas, pero no te quiero a ti. Para mí, ya estás muerto». Lo que nosotros hoy interpretaríamos como un joven muy impaciente, para la audiencia que estaba escuchando Jesús era una persona imprudente, desamorada y sin respeto alguno por su familia.

 

¿Pensaste alguna vez cómo pudo el padre darle su parte? Lo que le correspondía del patrimonio familiar incluiría las tierras, las posesiones, el ganado… todo. Seguramente el padre tuvo que liquidar tierras, vender animales, deshacerse de posesiones heredadas. Literalmente «dividió su vida» y la partió por la mitad para concederle al hijo su libertad. Un costo demasiado alto y doloroso. Días después, el hijo se fue, dejando atrás lo que en realidad era su verdadera y más valiosa herencia.

 

En la parábola Jesús agregó dramatismo al mencionar que se fue a una «provincia apartada». Geográficamente, podría haber sido una ciudad gentil como la Decápolis, Alejandría o Antioquía. Pero no era cuestión de kilómetros, sino de desprendimiento y de alejarse de su identidad.

 

¿Qué hubiera pasado si el padre se negaba a darle la herencia? ¿Se habría ido igual?

Creo que el muchacho buscaba solo los beneficios que podía recibir, como si el valor de su Padre fuera lo que le daba.

 

Esto me confronta pensando que no son pocas las veces que busqué el beneficio antes que a Papá. “¿Y si no me da lo que le estoy pidiendo hace tanto tiempo? ¿Y si tarda en bendecirme tal como yo quiero? ¿Y si mi relación con Él depende de lo que creo que necesito?” Todos somos en algún momento el hijo que reclama. Todos somos hijos e hijas exigiendo respuestas.

 

¿Cuáles son las «provincias apartadas» hacia las que tu corazón tiende a correr cuando busca lo que no recibe?

 

Hoy no pases de largo, no termines el día sin hacer memoria de tus pedidos, y aún sin recibirlos como esperabas, dale gracias a Dios porque fue capaz de partir su herencia para que finalmente seas coheredero/a con Cristo.

Ruth O. Herrera