Seguimos acompañando el estudio de las parábolas juntos a los grupos de red. Juntos en cada devocional, descubrimos nuevos desafíos.
Jesús también dijo: «El reino de Dios es como un agricultor que esparce semilla en la tierra. Día y
Por la noche, sea que él esté dormido o despierto, la semilla brota y crece, pero él no entiende cómo sucede. La tierra produce las cosechas por sí sola. Primero aparece una hoja, luego se forma la espiga y finalmente el grano madura. Tan pronto como el grano está listo, el agricultor lo corta con la hoz porque ha llegado el tiempo de la cosecha».
Marcos 4: 26-29 (NTV)
(Énfasis del autor)
La parábola finaliza así: “Tan pronto como el grano está listo, el agricultor lo corta con la hoz porque ha llegado el tiempo de la cosecha”. Después de un crecimiento silencioso, la planta madura y da fruto. Ya está lista para la cosecha. El pueblo de Dios había vivido un largo tiempo de destierro. Pero en un momento, el Señor
cambió su suerte ¡no podían creerlo! Les parecía un sueño. La experiencia se menciona en el Salmo 126 donde se declara lo siguiente:
Los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría. Aunque lloren mientras llevan el
saco de semilla, volverán cantando de alegría, con manojos de trigo entre los brazos.
Salmo 126: 5 y 6 (DHH)
Mientras escribía este poema, el salmista seguramente recordaba el exilio en Babilonia. El pueblo vez tras vez se desobedecía y luego sufría las consecuencias. Por eso, cuando el Señor los liberó estaban eufóricos. Los recuerdos de los tiempos dolorosos y difíciles en un país lejano daban paso a la alegría por volver del cautiverio. Ellos eran muy conscientes de que durante setenta años habían sembrado con lágrimas. El dolor y la esclavitud habían sido su constante compañía.
Ahora bien, ¿qué significa para nosotros sembrar con lágrimas? Depende de cuáles sean tus circunstancias. A veces puede ser seguir orando por alguien que está lejos de Dios; servir al Señor a pesar de que la crisis amenace arrasar con nuestra esperanzas; continuar creyendo a pesar de que la enfermedad no desaparezca; hacer el bien, aunque la respuesta que recibamos sea la ingratitud o el olvido…
Así como el agricultor espera hasta que el grano esté maduro para recoger la cosecha, en nuestra espera, Él afirma y fortalece nuestra fe, moldea nuestro carácter y nuestra dependencia se arraiga. Aprendemos a confiar en que, aunque el proceso sea largo y difícil, las lágrimas no tendrán la última palabra. Volveremos cantando de alegría con las manos llenas de una cosecha abundante.
El reino de Dios tiene sus propias leyes, muy diferentes a las de los reinos humanos. El Señor ve en lo secreto. Cada oración, cada acto de amor desinteresado, cada vez que decidimos permanecer firmes aun en medio de las dificultades no caerá en el vacío.
Si sentís que sembraste y sembraste y la cosecha no está a la vista, enfocate en el Señor. Él puede ver el grano maduro donde vos solo ves falta de fruto.
Mónica Lemos
