Seguimos acompañando el estudio de las parábolas juntos a los grupos de red. En cada devocional descubramos nuevos desafíos de la “Parábola de la viña”
El reino de Dios es como el dueño de una finca que salió bien temprano a contratar trabajadores para su viñedo. Se puso de acuerdo con ellos en el pago por un día de trabajo y los envió a trabajar a su viñedo.
Mateo 20: 1-2 PDT
La parábola de los trabajadores de la viña nos confronta, de manera directa y contundente, con uno de los atributos más difíciles de asimilar para la mente humana: “la soberanía absoluta de Dios”.
El dueño de la viña, que representa a Dios, llama a diferentes trabajadores a distintas horas del día, acordando un salario con cada uno. Él acuerda con los de la primera hora pagarles “lo justo por su trabajo”. El conflicto estalla al final del día cuando todos, tanto los que comenzaron temprano como quienes lo hicieron más tarde, reciben la misma paga sin considerar la cantidad de horas trabajadas.
Creo que la queja de los primeros trabajadores es comprensible desde nuestra lógica humana, con nuestro sentido de justicia y mérito. Puedo ponerme en el lugar de los obreros que soportaron el peso del día y el calor. Entiendo su fastidio y reclamo… y seguramente vos también.
¿Alguna vez estuviste en esa situación? Cuando en el colegio a aquel compañero que no hacía nada le pusieron la misma nota que a vos habiendo hecho todo, cuando otro se quedó con aquello que merecías, cuando el reconocimiento se lo llevó otro…
Esta parábola nos enfrenta con la soberana justicia de Dios que sentimos injusta.
La respuesta del Señor de la viña destroza nuestras categorías preconcebidas. Él no está actuando con injusticia, pues ha cumplido su trato con los primeros. Lo que está demostrando es una generosidad escandalosa y soberana hacia los últimos.
«¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?»
A veces nos sentimos dueños y no obreros. Y cuando en el “ministerio” vemos el progreso, autoridad, bendiciones… Si nos comparamos queda en claro que hay aspectos del carácter de Dios que no conocemos.
Aceptar la soberanía de Dios significa reconocer que Él es el Creador y Dueño absoluto de todo. Sus caminos no son nuestros caminos, y Sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Isaías 55:8). Él tiene la autoridad absoluta para distribuir Su gracia, Sus dones y Sus bendiciones como Él mejor considere, sin tener que darnos explicaciones que dejen conforme a nuestra limitada comprensión de la «justicia».
La verdadera prueba de nuestra fe no radica en alabar a Dios cuando todo va bien y según nuestros planes, sino en someternos a Su voluntad soberana cuando Sus decisiones parecen incomprensibles o incluso injustas desde nuestra perspectiva.
La paz verdadera no se experimenta al comprender cada detalle del plan divino, sino en rendirnos a la sabiduría del Arquitecto, a la autoridad del Dueño de la viña.
¿En qué áreas de tu vida te resulta más difícil aceptar las decisiones soberanas de Dios? La comprensión de que Dios es el dueño de todo ¿cambia tu perspectiva sobre lo que tenés y lo que te falta?
Ruth O. Herrera
