«Grandes multitudes seguían a Jesús, y él se volvió y les dijo: ‘Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aún más que a sí mismo, no puede ser mi discípulo’.»
Lucas 14:25-26 NVI
¡Es demasiado! Señor… ¿en serio me pedís que ponga en segundo lugar a mis hijos? Creo que sin dudar esa hubiera sido mi respuesta, y no porque no ame a mi Dios.
Jesús fue por más. Después de salir de aquella casa donde enseñó la Parábola de la Gran Cena, lo siguió una multitud y siguió dando la misma Palabra… “Prioridad”.
Sin excusas, explicaciones o elecciones fuera de sus expectativas. “Todo o nada”.
En la misma línea de la parábola expuso sus demandas para quienes lo querían seguir. Una clase práctica del discipulado. Fue por más al explicar que la invitación al banquete no es el simple evento de una noche; es una entrega completa y absoluta.
La vida en el Reino requiere un compromiso continuo.
Seguir a Jesús es una decisión diaria.
Cada mañana que despertamos, la invitación de Dios se renueva, y comienza la lucha con el tiempo, la rutina, obligaciones, preocupaciones, compromisos…. Todo parece confabularse para interponerse ante la prioridad que es la intimidad con el Rey.
¿Seríamos capaces de poner nuestro amor por Él tan por encima de nuestros amores terrenales (incluso los más legítimos, como la familia) que, en comparación, nuestro amor familiar parezca menor?
Este devocional no es un cuestionamiento por lo que no alcanzamos o desarrollamos; al contrario, mi oración personal y por vos es que lleguemos a disfrutar tanto Su Presencia que cada día nos resulte más necesario no movernos de Su mesa. Elegir que Jesús sea parte de nuestra cotidianidad, de lo más simple, de lo más complejo, de lo que nos llena y de lo que nos agota. Cada día tenemos que elegir y aprender a convivir con nuestra realidad, pero impregnados de Su presencia.
Debemos librar la batalla de sujetar nuestros pensamientos, palabras, carácter y decisiones manifestando a qué Reino pertenecemos. No es sencillo. No siempre nos sale. Sin embargo, su paciencia y misericordia nos dan la certeza de que Él no da por terminado el banquete.
Jesús puso una vara muy alta, es verdad, pero también nos da las herramientas para alcanzarla. La vida abundante es progresiva. Se edifica y sostiene con el respaldo del Espíritu Santo. Y es posible siempre.
Practicá el involucrarlo hasta en los mas insignificante del día, en lo más difícil o importante… Es el “ejercicio de ser uno con Jesús”.
Renová hoy tu compromiso de seguirlo y vas a lograr que nada sea demasiado comparado con Su Presencia.
Ruth O. Herrera
