Enseguida, el Espíritu lo impulsó a ir al desierto y allí fue tentado por Satanás durante cuarenta días. Estaba entre las fieras y los ángeles le servían.
Marcos 1:12-13 NVI
Jesús comenzó enfrentando la prueba. Inmediatamente después de bautizarse, el Espíritu lo llevó al desierto. No fue Satanás quien tomó la iniciativa, sino el Padre que sabía que Su Hijo necesitaba prepararse en fortaleza para lo que enfrentaría. El desierto no fue un accidente, fue parte del entrenamiento.
Jesús enfrentó su primera batalla personal con el enemigo en la tierra. Instituyó Su Reino en la tierra y el enemigo volvió a perder. Los demonios sabían a quién se enfrentarían y lo dijeron cada vez que lo reconocían. Antes de vencerlo públicamente, lo venció a solas.
En esos cuarenta días de unidad con el Padre y su dependencia lo revistió de poder y expuso su autoridad. Completamente humano… en absoluta comunión con su Padre asumió el ministerio público.
Marcos resume cuarenta días en pocas líneas, suficientes para enfatizar quién era Jesús. Sus lectores, apenas comenzado el evangelio, pudieron entender de qué se trataría el escrito completo.
Es muy difícil comprender la magnitud y potencia que describe el relato en tan pocos versículos. No podemos con nuestro limitado entendimiento reconocer el inmenso poder que se manifestó en el desierto. El Creador del cielo y de la tierra frente a frente a su enemigo… a quien quiso, tan ilusamente, quitarle el trono.
Hoy vemos como una fantasía las películas en las que personajes super poderosos pelean entre sí. Sabemos que es ficción. Pero en aquellos cuarenta días, cuando el Rey probó su autoridad, la tierra debe haber temblado, anticipando el terremoto de la cruz. Jesús salió del desierto preparado para comenzar su misión. No se enorgulleció, no pretendió fama… fue lleno y acorazado por el Espíritu Santo para los siguientes tres años.
Jesús lo hizo por vos, lo hizo por mí, sostuvo una lucha en el espíritu y sus emociones y su cuerpo se debilitaron hasta el límite. “Amor… puro amor”. Todo verdadero ministerio necesita esa dependencia diaria. No alcanza con comenzar bien. Hay que depender del Señor como en un desierto.
Buscar o desear el púlpito, el liderazgo, un ministerio sin aceptar el desierto nos hace demasiado vulnerables. Querer autoridad sin formación es muy peligroso. Pedir ser de influencia sin los procesos necesarios puede destruir vidas. Dios no prepara a sus discípulos y ministros para los aplausos.
Al leer, imaginar la escena y ser ayudados por el Espíritu en este tiempo, cada detalle, hallazgo o vivencia, conociendo más de la vida de Jesús, dediquemos tiempo en dejarnos ministrar y pulir en Cristo.
Toma un tiempo para leer varias veces este primer capítulo… hay mucho por conocer y descubrir.
Ruth O. Herrera
