Una vez más Jesús comenzó a enseñar a la orilla del lago. Pronto se reunió una gran multitud alrededor de él, así que entró en una barca. Luego se sentó en la barca, mientras que toda la gente permanecía en la orilla. Les enseñaba por medio de historias que contaba en forma de parábola, como la siguiente: «¡Escuchen! Un agricultor salió a sembrar. A medida que esparcía la semilla por el campo, algunas cayeron sobre el camino y los pájaros vinieron y se las comieron. Otras cayeron en tierra poco profunda con roca debajo de ella. Las semillas germinaron con rapidez porque la tierra era poco profunda; pero pronto las plantas se marchitaron bajo el calor del sol y, como no tenían raíces profundas, murieron. Otras semillas cayeron entre espinos, los cuales crecieron y ahogaron los brotes, así que esos brotes no produjeron grano. Pero otras semillas cayeron en tierra fértil, y germinaron y crecieron, ¡y produjeron una cosecha que fue treinta, sesenta y hasta cien veces más numerosa de lo que se había sembrado!». Luego les dijo: «El que tenga oídos para oír, que escuche y entienda».
Marcos 4:1-9 (NTV)
(Énfasis del autor)
El Señor seguía enseñando en distintos lugares. Las multitudes se acercaban y Él percibía la sed, la necesidad y las carencias de la gente. Y no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de saciarlas. ¿Cómo lo hacía? Contaba historias simples, que formaban parte de la vida diaria. El Maestro no usaba expresiones difíciles, ni necesitaba demostrar elocuencia. Su intención era hacer accesibles las profundas verdades del Reino. ¡Y vaya si lo lograba! Las personas lo escuchaban durante horas.
En este caso, utilizó una parábola: una historia que, en medio de los detalles, resalta una verdad principal, oculta para oídos y mentes distraídos.
La narración habla de un agricultor que sale a sembrar semillas; distintos tipos de terreno; diferentes resultados.
El sembrador hizo su tarea, sacó de su alforja un puñado de semillas y las arrojó al voleo que era el método de siembra de esa época. Unas cayeron sobre el camino, es decir, fuera del surco preparado previamente para la siembra. Quedaron al descubierto y los pájaros se la comieron. Nunca llegaron a germinar.
Otras, cayeron en tierra poco profunda y pedregosa. Brotaron con facilidad, pero el calor del sol marchitó las plantas y no sobrevivieron.
Otras semillas cayeron entre espinos, los espinos crecieron y ahogaron los tiernos brotes. El resultado es que, de esos brotes, no pudo nacer el grano.
No obstante, algunas cayeron en tierra fértil, germinaron, crecieron y produjeron grano.
El mismo sembrador, las mismas semillas, pero sembradas en distintos terrenos dan distintos resultados. La productividad no está garantizada, aunque la semilla sea la mejor. El sembrador no eligió cual seria la mejor tierra, él no descarto ni priorizó el resultado final sino el alcanzar la mayor área de siembra.
Si trasladamos esta verdad de la naturaleza a nuestras propias vidas, seguramente coincidiremos en que muchas veces hemos sembrado esfuerzo, dedicación y tiempo en tareas ministeriales que, aunque tenían el potencial de producir excelentes resultados, no lo hicieron y tal vez, nos decepcionamos.
Hoy el Espíritu te invita a recordar que necesitás estar firme y constante, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que tu trabajo en el Señor no es en vano.
Mónica Lemos
