(…) La semilla siempre nace y crece sin que el campesino entienda cómo.
Marcos 4.27 TLA
Hace unas semanas atrás en la red de matrimonios tratamos esta palabra y rememoramos el experimento que seguramente más de uno hizo en la escuela primaria: la germinación del poroto. Y pensándolo bien, no sé si nos enseñaba más acerca de la germinación en sí o de la paciencia… Porque parecía que cuanto más lo mirabas, menos brotaba el poroto. Las hojitas aparecían únicamente cuando uno se olvidaba y veía al poroto al cabo de unos días. Quien daba la palabra ese día planteó entonces la pregunta: “Que yo mire el poroto, ¿cambia algo?” No, el crecimiento no lo damos nosotros.
Quizás se deba a que nos guste tener el control, o tal vez no se deba a una intención egoísta y se deba más bien a ansiedad, pero muchas veces somos así con cuestiones relacionadas al reino de Dios.
Porque le hablamos de Jesús a una persona, creemos, por ejemplo, que además somos quienes deben provocar un cambio de hábitos en sus vida, explicarle cada aspecto que no comprenda de la Biblia y “acomodarla” en un ministerio dentro de la iglesia para que ya “comience a dar fruto”. Y todo debe ser en el tiempo que nosotros estimamos correcto. Es gracioso que nos creamos tan importantes y poderosos cuando en muchos casos seguimos luchando contra nosotros mismos en las mismas áreas, ¡incluso después de tantos años de haber conocido a Jesús!
Nadie nos pide tanto. Primero, porque no tenemos esa capacidad. Y segundo, porque de poder hacerlo, nos creeríamos dueños del fruto, ¿cierto? Volvamos a las palabras de Jesús.
Jesús dijo también: “Con el reino de Dios sucede como con el hombre que siembra semilla en la tierra: que lo mismo da que esté dormido o despierto, que sea de noche o de día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra produce por sí misma: primero el tallo, luego la espiga y más tarde los granos que llenan la espiga. Y cuando ya el grano está maduro, lo recoge, porque ha llegado el tiempo de la cosecha.”
Marcos 4.26-29 DHH
Nosotros somos como el campesino que siembra. Nada más. No escogemos la tierra ni hacemos que la semilla germine, crezca ni dé fruto. El dueño del campo es Dios, y quien da el crecimiento es Él. Me gusta que en la palabra diga que todo esto ocurre mientras el campesino “duerme o está despierto”, porque nos muestra que su vida no se altera. Sembrar es parte de lo que hace todos los días, es parte de su rutina. De todo lo maravilloso que sucede ahí debajo de la tierra – o en este caso, en el corazón de la persona a la que le hablamos de Jesús-, es trabajo de Dios.
Te pido, Señor, que hagas que sembrar tu Palabra sea parte de mi rutina, y que me sea tan natural como respirar, comer y dormir. Gracias por el privilegio que me das de ser parte de este reino y te agradezco por haberme dado la oportunidad de haber compartido tu amor a algunas personas. Te pido que me ayudes a estar atenta a aquellos que todavía no escucharon de él, o que necesitan que alguien se los recuerde. Gracias porque en Tu tiempo y la forma oportuna, ese mensaje, al igual que una semilla, crecerá y dará fruto. Y eso será por Tu gran poder. Amén.
Yanett Sokur
