Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Ustedes deben amarse de la misma manera que yo los amo. Si se aman de verdad, entonces todos sabrán que ustedes son mis seguidores.
Juan 13:34 TLA
El deseo y mandato de Cristo delimita la característica de la iglesia cristiana. Debemos amarnos como una condición para cumplir así Su voluntad de amor.
No siempre es sencillo, pero siempre es mejor.
Debemos luchar por mantener una iglesia sana, capaz de mostrar el amor de Cristo en palabras y en hechos. Es un gran pedido, un gran mandato y una gran responsabilidad, el segundo de los mandamientos en importancia y el que mejor define a sus seguidores.
Amarnos unos a otros y preservar así la unidad es la clave para que el evangelio sea palpable.
Tertuliano escribió que el gobierno romano se perturbó porque la iglesia primitiva estaba creciendo a pasos agigantados. Como los cristianos nunca tenían incienso para ponerlo delante de la imagen del emperador, los romanos creyeron que los cristianos podrían ser desleales. Sucedió pues, que unos espías fueron enviados a observar a la iglesia y volvieron con el siguiente informe: ‘estos hombres, dijeron, son personas muy extrañas. Se reúnen juntos en una sala vacía para la adoración. No tienen ninguna imagen. Hablan de uno que se llama Jesús, que está ausente, pero cuya llegada parecen estar esperando en cualquier momento. Y cuánto le aman, y cuánto se aman los unos a los otros’.
Tomado de Escuela Biblica.com
El desarrollo de la primera iglesia estuvo basado en la unidad y el interés de tener las cosas en común. Esto le dio una identidad definida y también la hizo peligrosa.
Jesús dejó este último y especial mandamiento a sus discípulos justo antes de que su muerte provocara en ellos una tremenda crisis e impacto, pero el mantenerse juntos sería la clave para sostenerse unos a otros.
Una vez, mientras comía con ellos, les ordenó: —No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado: Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.
Hechos 1: 4-5 NVI
Esta consigna de unidad la repitió antes de ascender al cielo, dejando en claro que la clave para recibir la promesa del Espíritu Santo no era una ciudad determinada sino el estar juntos y unidos en la misma expectativa.
Sobre todo, ámense mucho unos a otros, porque el amor borra los pecados. Reciban en sus casas a los demás, y no hablen mal de ellos sino háganlos sentirse bienvenidos
1° Pedro 4:8-9 TLA
Es excelente la figura que el apóstol Pablo usa para hablar de la iglesia al compararla con el cuerpo, y la imagen tan fuerte de vivir en unidad. Además ilustra la desunión como sinónimo de “extirpar”, eliminar, destruir o anular un órgano del cuerpo solo por ser diferente.
El ojo no puede decirle a la mano: «No te necesito». Tampoco la cabeza puede decirle a los pies: «No los necesito». Al contrario, todas las partes del cuerpo, hasta las más sencillas, son muy importantes y necesarias.
1° Corintios 12: 21-22 PDT
(Énfasis del autor)
Seguramente alguna vez tuviste desencuentros o desacuerdos intensos con tus más cercanos familiares, amigos y hermanos en la fe, y entonces descubriste si tu unidad era lo suficientemente sólida como para que no se quiebre con el tiempo.
Hoy aquel último deseo de Jesús de amarnos unos a otros se renueva cada día, se manifiesta en cada llamado, mensaje, encuentro y oración… Porque es en la “verdadera unidad” que la iglesia encuentra y desarrolla su propósito y misión.
Ruth O. Herrera
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