En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla. El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.
Juan 1:1-5; 10-13 NVI
“Al aceptar a Cristo como Salvador, en una primera etapa conozco lo básico de la fe lo experimento y lo practico. Dios es Espíritu y nadie lo vio jamás, pero se ha revelado a través de Jesús por lo tanto tengo que ir a La Palabra y descubrir a través de los evangelios quién era Jesús, por qué vino, con qué propósito, qué tiene Jesús para mí, entonces a través de Jesús aprendo a comunicarme con Dios. Entonces ese Dios invisible se hace tangible en mi vida cotidiana…
Cuando Jesucristo vino y habitó entre nosotros, aunque no estábamos en ese contexto, Jesús se encargó de dar a conocer todo lo que el Padre quería que supiésemos acerca de Él.
Así es como el evangelio de Juan habla de Jesucristo como la luz que vino a alumbrar las tinieblas. La presencia de Jesucristo alumbró la oscuridad espiritual que había en el contexto al cual había llegado. Él era la luz verdadera. Jesús se presenta como el redentor, como el Cristo, aquel que había de perdonar los pecados de su pueblo y también cumpliendo la profecía de Isaías, como Emanuel, Dios con nosotros”.
Pastor Milton Cariaga
La Palabra de Dios nos revela paulatinamente a Cristo y Cristo nos muestra claramente Quién es Dios, por eso al reconocerlo y creer en Él disfrutamos el derecho de ser hijos de Dios, nacidos de Él. Como pertenecientes a su familia manifestamos su identidad, sus características, vamos internalizando Su vida en nosotros a medida que lo conocemos más y más. Esta relación de hijos es indestructible, porque nace enteramente de Su voluntad. Su deseo es que despleguemos completamente nuestro verdadero ser, nuestra identidad del cielo en cada aspecto de nuestra vida diaria. Somos suyos como lo dice La Escritura…
Pues en él vivimos, nos movemos y existimos. Como dijeron algunos de sus propios poetas: “Nosotros somos su descendencia”
Hechos 17: 28 NTV
(Énfasis del autor)
Muchas veces no somos conscientes de esta realidad irrefutable y nos acostumbramos a vivir con criterios mezclados, a veces priorizamos lo espiritual y otras veces nos distanciamos sin darnos cuenta y volvemos a nuestras antiguas costumbres.
Por eso es necesario que recurramos una y otra vez al auxilio del Espíritu para que impregne en nuestro ser la certeza de nuestra filiación eterna.
El Espíritu mismo le habla a nuestro espíritu y le asegura que somos hijos de Dios. Por ser hijos de Dios recibiremos las bendiciones que Dios tiene para su pueblo
Romanos 8: 16 PDT
(Énfasis del autor)
Esto debe ser un ejercicio diario, día tras día hablar como hijo, moverte como hijo y actuar como hijo. Ocupar ese lugar de privilegio y responsabilidad que Papá te regaló a través de Cristo.
Conociendo a más a Dios, conocemos y descubrimos más quienes somos nosotros, nuestra libertad y capacidad de vivir en las victorias que Cristo ganó. Afianzándonos en la gloriosa herencia. No solo creados a su imagen y semejanza, lo más hermosos es que somos adoptados y reconocidos como sus amados… ¡Gracias a Jesús!
Mónica Lemos
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