Cuando Jesús oyó la noticia, dijo: «La enfermedad de Lázaro no acabará en muerte. Al contrario, sucedió para la gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios reciba gloria como resultado». Aunque Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro, se quedó donde estaba dos días más. Pasado ese tiempo, les dijo a sus discípulos: —Volvamos a Judea.

Pero sus discípulos se opusieron diciendo: —Rabí, hace solo unos días, la gente de Judea trató de apedrearte. ¿Irás allí de nuevo?

Juan 11: 4-8 NTV

 

Seguramente esta historia es muy conocida para nosotros. Marta y María vivían como desoladora la situación que en realidad era muy triste.  En especial Marta, que solo podía ver la enfermedad y cuatro días para ella fueron una espera desproporcionada

 

Cuatro días…  Cuando Marta escuchó que Jesús estaba llegando salió desesperada a su encuentro. Entonces pronunció las palabras más humanas y desgarradoras que Jesús podía escuchar. Podemos imaginarla preguntando por ejemplo ¿Por qué tardaste? ¿Qué clase de amigo sos? ¿Cómo no tuviste piedad de nosotras? Sus palabras contenían todo el dolor que sentía.

Mostrando su carácter activo y decidido confrontó al Señor, en medio de los discípulos y otros acompañantes, derramó todo su dolor al ver al amigo que tanto esperaba.

Tanta era su crisis, que no pudo escuchar la respuesta de Jesús: “Tu hermano resucitará”.

 

Ella, en realidad, había esperado que no hubiera muerto. Y es lógica su reacción, el dolor nublaba toda posibilidad de vida.

Lo notable es que nunca negó quien era Jesús. Reconoció que era el Hijo de Dios, de poder infinito.

 

Pero ella era un testigo de la muerte y no de la vida. Sus creencias no bastaban ante la piedra que cerraba la tumba de su hermano.

Su visión unía la fe y la derrota al mismo tiempo, su carácter impulsivo no le daba lugar a la esperanza.

 

Marta ya había visto al amigo de la familia, pero María estaba en su casa, en medio de la gente en pleno duelo por eso cuando las visitas vieron que se levantaba de prisa y salía, de inmediato supusieron que había ido a visitar la tumba de Lázaro. Se acostumbraba, especialmente entre las mujeres, ir a llorar al sepulcro en todo momento durante la semana posterior al entierro.

Al ver quién llegaba, lo primero que hizo María fue adorar y reconocer a Cristo como el Señor de la vida aunque su saludo fue idéntico al de Marta.

Jesús vio a María y a todo el grupo llorando y se conmovió profundamente. Debemos recordar que no se trataría de un llanto discreto y controlado. Sería un grito y un llanto sin inhibiciones, casi histérico, porque se consideraba que cuanto más exagerado era el llanto, mayor era el honor que se le rendía al muerto.

 

Ver el dolor de María despertó en Cristo una emoción profunda e intensa y arrancó de su corazón una profunda pena que se tradujo en un gran milagro.

 

Esta mujer sabía que, en algún momento, aun después de la muerte de Lázaro su amigo llegaría a cambiar la historia.

 

¡Ella creyó y adoró antes de recibir su milagro!

 

En el relato encontramos a un mensajero apurado por la situación, a los discípulos llenos de miedo, Marta que solo podía ver la enfermedad y a María expectante por la llegada rápida del amigo.

Cada uno de ellos vio la misma realidad con diferentes lentes. Conocían a Jesús pero tenían miradas que no coincidían totalmente.

 

Hoy como cristianos enfrentando una realidad que podemos describir como difícil, tenemos que elegir con qué lentes vamos a mirar a nuestro alrededor.  

Todos los sentimientos, miedos, preocupaciones o descontentos con los que luchamos son genuinos  y tienen motivo, pero al leer esta historia tenemos que decidir a quién queremos parecernos.

 Sí. El futuro es incierto… pero ¡Dios es el mismo hoy, ayer y por siglos!

 

De esta escena, María parece ser, según el relato, la persona que más toco el corazón de Jesús. Fue la única que se arrodilló ante Él, casi vencida por el dolor y el cansancio, rodeada por la desesperanza y abrumada por la espera… en ese sencillo, pero tremendo acto de adoración toda su vida fue reordenada y su esperanza absolutamente renovada.

 

Hoy yo quiero y necesito parecerme a esa mujer y estoy segura que vos, seas hombre, mujer, joven o anciano/a…  también necesitas creer cuando Jesús te dice: “¿NO TE DIJE QUE SI CREES VERÁS LA GLORIA DE DIOS?”

 

Ruth O. Herrera

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