Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.

Mateo 5:9 RVR 1960

 

El puerco espín es un animal con cabello de aguja; en el invierno trata de juntarse en grupo para darse calor el uno al otro, pero al unirse mucho se clavan las púas del otro y nuevamente se separan… a pesar del frío. Esto es similar a la necesidad que como cristianos tenemos de mantenernos juntos manteniendo el ‘calor del Espíritu’, pero nuestro carácter, debilidad, emociones, celos, etc., muchas veces se convierten en púas que nos alejan unos de otros. 

 

Los pacíficos no son los tranquilos, sino los que “hacen la paz” aún en medio de desorden, controversias, desacuerdos, y de los que crean caos.

 

En las bienaventuranzas Jesús describió el carácter que deberíamos manifestar sus seguidores. Este carácter es también descripto por el apóstol Pablo al escribir sobre “el fruto del Espíritu”.

Vos y yo necesitamos que el Espíritu Santo intervenga en nuestra vida para vivir y desarrollar las características de “los bienaventurados”.

 

Las Bienaventuranzas no son otra cosa que la descripción de este «corazón nuevo» que el Espíritu Santo forma en nosotros, y que es el mismo corazón de Cristo.

 

“La pobreza, la mansedumbre, las lágrimas, el hambre y la sed de Dios, la misericordia, la pureza de corazón, la comunicación de la paz, la alegría en la persecución, suponen un corazón transformado por el Espíritu. En sentido inverso, se puede afirmar que las Bienaventuranzas aluden a situaciones humanas difíciles, pero que son una oportunidad, pues se convierten en la posibilidad de una efusión del Espíritu Santo, que transfigura la limitación humana revelando en ella la presencia de Dios y del Reino. Es una clave de lectura fundamental para este texto evangélico”.

Tomado de @rosamagarcia

 

La bienaventuranza que describe a los pacificadores describe a la paz como el sello de Dios, y que provoca plenitud en la unidad.

Huir de los problemas no es ser pacificador. El Señor no quiere mártires, lo que quiere es que nuestra actitud promueva la paz. La pasividad es lo mismo que no actuar y no es igual a buscar la paz.  El enojo pasivo o reprimido tampoco es sinónimo de ir detrás de la paz. Y suavizar las cosas, minimizando el asunto para que pase y no llegar a una solución, tampoco es sembrar la paz.

Por buscar la unidad, a veces nos escapamos sin solucionar el conflicto, y eso muchas veces deja una raíz de descontento que lejos de sembrar paz sólo dilata el problema.

 

Alguien que se involucra en resolver un mal entendido o desacuerdo, de manera sabia y oportuna, es quien trata de sembrar la paz. 

 

Es bueno, entonces, que meditemos en las razones por las cuales, algunas veces, no hemos podido sostener la unidad con nuestros hermanos. ¿Cómo reaccionás frente a las diferencias con otros? ¿Qué tan tolerante te considera la gente que te conoce? ¿Qué cambios tenés que hacer para seguir avanzando hacia la unidad? 

¿Tendrás el síndrome del puercoespín?

 

Si hay alguien con quien tenés que procurar la unidad y te cuesta, tomá la decisión de resolverlo en tu interior y pedile al Espíritu Santo que te ministre en la convicción del perdón y la unidad.

 

Que este sea un tiempo en que decidas enfrentar las diferencias de opiniones y los conflictos.  Y si te resulta complicado provocar la paz entre quienes tienen problemas para relacionarse, no dejes de proponerte buscar en Dios la capacidad de ser un hombre pacificador… una mujer sabia para resolver conflictos.

 

Ruth O. Herrera 

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