Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos, y les dijo: —Les aseguro que para entrar en el reino de Dios, ustedes tienen que cambiar su manera de vivir y ser como niños. Porque en el reino de Dios, las personas más importantes son humildes como este niño.
Mateo 18: 3-4 TLA
Al repasar algunas cosas vividas en el año que acaba de terminar, recordé algo que viví años atrás con mi nieta y disfruté mucho entonces, y hoy me ayuda a pensar en mi propia manera de vivir la realidad.
Lo compartí con algunos amigos en ese momento, pero hoy, al pensar en un nuevo año, y viendo la situación que nos rodea, el miedo, la enfermedad, la ira, el descontento, la tristeza y las injusticias repetidas, volver a recordar este episodio me hizo reflexionar y quiero compartirlo con ustedes:
Mi hermosa nieta tenía solo 3 años, era un día de mucho calor y teníamos que hacer juntas una larga caminata hasta llegar a su casa y pensé que era todo un desafío lograr que ella resistiera más de 20 cuadras hasta nuestro destino.
Pero lo que me sorprendió no fue su resistencia sino lo que ella me mostró esa tarde… una manera diferente de ver la realidad.
Primero pasamos por debajo del puente que yo cruzo diariamente desde hace muchos años, y de hecho, para mí es solo un túnel corto con bastante basura y mal olor, pero para ella fue una gran aventura, al verlo tan alto era como caminar por debajo de una asombrosa montaña que hasta tenía eco. Ante su alegría pensé: “es solo una nena”, pero para mi sorpresa su alegría no terminó ahí.
Seguimos caminando por unas cuadras que estaban sucias, rotas, húmedas y sin muchas baldosas, algo cotidiano para mí, sin embargo ella otra vez vio las cosas de una manera totalmente diferente. Cuando pasamos por una casa abandonada, que según mi parecer estaba totalmente arruinada, ella exclamó: ‘¡¡mirá que hermosa casa abuela, que lindos colores tiene!!’. Aunque yo la miré extrañada, ella me devolvió una gran sonrisa en su cara de asombro.
Unos metros más adelante pasamos frente a un árbol viejo y reseco, ella mirando al suelo gritó: ‘¡¡Mirá abuela una piedra que brilla!!’, y por supuesto para mi no había nada de especial cuando bajé la vista solo vi una piedrita blanca de canto rodado… pero ella insistió en su admiración y agregó: ‘¡es hermosa!, nunca vimos juntas una piedra que brille así’.
En la cuadra siguiente el pasto alto y desprolijo se asomaba entre los escombros de una calzada completamente rota, pero volvió a sorprenderme con su voz tierna: ‘¡que lindos pastos, son muy altos y verdes!’.
Ni hablar cuando mirando al costado de la autopista que rodeamos me miró exultante y dijo: abuela, ¡qué hermoso es este lugar! Sin embargo, en mi adultez yo solo podía ver pasar autos a gran velocidad, entre bocinazos y polvo.
En todo el camino no perdió su mirada optimista porque al ver los juegos rotos de la plaza estuvo segura que su tío los podría arreglar y me dijo: ‘gracias abuela por traerme a esta plaza’.
Era tanta su felicidad que faltando solo unos metros para llegar mientras esperábamos el semáforo se puso a bailar y saltar porque aquella había sido una caminata hermosa. Y para terminar el recorrido recogió algunas “hermosas hojas secas para regalar” y corrió hasta la puerta de su casa, ansiosa por contarle a su mamá la aventura de caminar por el barrio.
El mismo lugar por el que yo camino desde hace varias décadas y nunca había observado ni su hermosura, ni sus lugares misteriosos y mucho menos reconocí su maravillosa vegetación.
Después de dejarla con su mamá volví por el mismo camino mirando el mismo paisaje, pero ya no era tan feo, ni tan húmedo. Me di cuenta que ella podía ver las cosas según su optimismo y valorarlo diferente. Recordé las palabras de Jesús y entendí que debía cambiar mi mirada de la realidad. Oré y le dije al Señor que quería ser como una niña… y creo que Papá me sonrió y hasta casi lo escuché decirme… “Hoy estás preparada para disfrutar el Reino”.
Empezar un nuevo año, es como salir a caminar por las mismas calles, entre la misma gente, y sentir los mismos aromas, enfrentarnos al mismo trabajo, en la misma casa, y los mismos problemas… porque cambiar de numero en un almanaque no hace las cosas nuevas.
Pero Dios nos propone e invita a ser como niños para ver las cosas bajo una lupa diferente, mirando la realidad a través de los ojos del Espíritu Santo.
Dale una oportunidad a la esperanza y enfrentá la rutina renovando tú convicción de que “Cada día se renuevan las bondades y bendiciones de Papá.
El amor del Señor no tiene fin, ni se han agotado sus bondades. Cada mañana se renuevan; ¡qué grande es su fidelidad!
Lamentaciones 3: 22-23 DHH
Ruth O. Herrera
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