Yo me arriesgo

La mujer había oído hablar de Jesús, y pensaba: «Si tan sólo pudiera tocar su ropa, quedaría sana.» Por eso, cuando la mujer vio a Jesús, se abrió paso entre la gente, se le acercó por detrás y le tocó la ropa. Inmediatamente la mujer dejó de sangrar, y supo que ya estaba sana. Jesús se dio cuenta de que había salido poder de él. Entonces miró a la gente y preguntó: —¿Quién me tocó la ropa?

Marcos 5: 28-30 TLA

Éste era un día muy complicado… Jesús acaba de cruzar el lago de Galilea en medio de una tormenta – que por cierto calmó para tranquilizar a sus amigos – y al llegar a la costa tuvo que liberar a un endemoniado muy peligroso. Esto hizo que fuera expulsado de la ciudad por el pueblo. Entonces volvió a cruzar el lago donde lo esperaba una multitud, en medio de la cual estaba Jairo, el padre de una niña enferma, y, atravesando la avalancha que lo rodeaba camino a resucitar a la pequeña que ya había muerto, una mujer débil y enferma buscaba su propio milagro. Y tengo que reconocer que sólo por leer semejante rutina ya me siento agotada.

En el relato, la mujer solamente tocó el manto del Señor, y lo extraordinario es que Jesús en un día de tantos pedidos y reclamos, se detuvo hasta encontrarla. Esta era una mujer que se sentía avergonzada y que por ley no podía estar entre la multitud, y sin embargo Él la expuso frente a la gente: Sí, expuso su fe. ¡Qué bueno encontrarse con gente que se arriesgaba por fe después del desplante de la gente de Gadara!

Pienso en el peligro que ella decidió correr por un deseo que bien podía no ser concretado. No sólo era ir a la ciudad e infiltrarse entre la gente, también debe haber considerado la posibilidad de no poder acercarse lo suficiente y perder su única esperanza.

Ella iba detrás de un sueño que gestó por muchos años y Jesús no la decepcionó. A pesar de estar entre la multitud, ella logró tener su propia y atípica intimidad con el Maestro.

Jesús nunca estuvo ausente ante las necesidades, y dejó constancia de esto cuando alguien era intrépido al buscarlo. Él nos anima a no dejarnos disuadir por las circunstancias que nos rodean cuando buscamos su Presencia.

La mujer tuvo la más cercana intimidad posible entre la gran cantidad de gente. Eran muchas personas las que rodeaban a Jesús, pero solo una tuvo una relación personal con Él. La mujer no solo alcanzó su sanidad; ella lo vio cara a cara, fue detectada por Él y transformada.

La intimidad nos cambia y alinea al plan de Dios. Nos provoca a ser renovados y desata los milagros que pertenecen al Reino.

Nuestra íntima relación con Jesús modifica nuestros deseos, nuestras necesidades, activa los dones y nos posiciona en un sistema de vida diferente.

Si somos capaces de arriesgarnos a buscar una intimidad renovada pueden desatarse milagros. Quizás digas: “hoy no percibí el obrar de Dios, y ayer tampoco, hace un mes que estoy buscando mayor intimidad y no veo nada”. Pero eso es parte del riesgo, y la frustración de tener expectativas que no siempre se cumplen nos tiene que impulsar en lugar de desalentarnos.

Provocarnos a la intimidad puede ser un acto revolucionario, ya que manifiesta la rebeldía de no conformarnos a la frustración, al miedo, a la falta de salud y a la vida sin propósito.

Deseo que la intimidad con Dios sea palpable en tu día a día y que veas que a tu alrededor ocurren milagros revolucionarios que combaten la realidad de la tristeza, la enfermedad y todo aquello que es resultado de la vida lejos de Dios.

La intimidad, la adoración, el tiempo de exponernos delante de Papá puede habilitarlos, desatar la fe e inspirar a otros a buscar el rostro de Dios.

Jesús no cambia de opinión y así como con aquella mujer, busca tu mirada y tu palabra. Arriesgate, exponete, en lo privado y en lo público, seguramente serás de inspiración y bendición. Entonces tu vida se enriquecerá y cobrará una fuerza que hasta ahora no ha tenido.

Ruth O. Herrera