De allí, Jesús se fue a su tierra, y sus discípulos lo siguieron. Cuando llegó el día de reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga. Al escuchar a Jesús, muchos se preguntaban admirados: «¿De dónde sabe éste todo esto? ¿Qué clase de sabiduría ha recibido? ¿Cómo es que con sus manos puede hacer estos milagros? ¿Acaso no es éste el carpintero, hijo de María y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿Acaso no están sus hermanas aquí, entre nosotros?
Marcos 6:1-3 RVC
Las preguntas que la gente se hacía al referirse a Jesús eran peyorativas, ya que en realidad sabían quién era. Lo que de hecho se preguntaban unos a otros era: “¿Este quién se cree que es?”
Su familia era conocida, por su oficio José seguramente era parte activa de la comunidad y sus hermanos parecen ser los típicos jóvenes de pueblo a quienes todos conocen.
Cuando alguien nos es muy cercano generalmente llegamos a dudar de que llegue a sobresalir sobre los demás, y para Jesús esto era moneda corriente.
Y se quedaron confundidos y contrariados. Por eso, Jesús les dijo: —Al profeta se le reconoce y se le acepta en todas partes, menos en su propio pueblo, en su propia familia y en su propia casa.
Y poniendo las manos sobre los enfermos, Jesús sanó a algunos de ellos; pero no pudo hacer ningún otro milagro, pues se sorprendió mucho de que aquella gente no creyera en él.
Marcos 6: 4-6 TLA
Por la incredulidad del pueblo y el permanente prejuicio sobre Jesús, estas personas perdieron la oportunidad de recibir el milagro de una nueva vida.
Hoy a todos nos resulta difícil creer a quienes tienen discursos importantes o quieren sobresalir por algún motivo. Todos somos algo o muy incrédulos, desconfiamos a primera vista porque hay muchas más razones para no creer que para hacerlo.
Esto también afecta a las iglesias cristianas, que lamentablemente no escapan a la imagen de falsedad al utilizar promociones que rozan el engaño. Seguramente alguna vez alguien puede haber puesto en duda tu fe o tu forma de vida, y limitó tu posibilidad de hablar de Jesús.
Pero suele suceder que quienes más dudan son quienes más necesitan un encuentro con el Señor. Quizás nunca tuvieron una experiencia de reconocer al Maestro o, peor todavía, alguna vez tuvieron fe, pero hoy descreen de ella a causa de algún desencanto o mala experiencia.
Por eso es tan urgente que seamos personas confiables, de una fe íntegra y atractiva.
Cuando las palabras no sirven, nuestra manera de vivir es lo único que nos avala.
En todas las áreas de la vida hay doctrinas y pensamientos que se contradicen, o más complejo aún, que parecen ser lo mismo, pero tienen raíces totalmente opuestas. La espiritualidad hoy está de moda, pero el contenido de los discursos que se oyen puede llevarnos muy lejos de Dios. En los tiempos de Jesús, incluso aquellos que decían seguir a Dios, no reconocieron a Jesús como tal y sólo su ejemplo de amor y sus obras sobrenaturales acallaban las voces que lo contradecían.
En medio de un mundo convulsionado, en un país lleno de voces e ideas enfrentadas, viviendo en una sociedad descreída de la verdadera obra del único Dios creador; solo tenemos nuestra propia experiencia, esa realidad que nadie puede discutirnos porque nos pertenece.
Cuando el miedo se adueña de miles de personas cada día, el haber vencido o seguir batallando con nuestro temor, pero confiando en la paz del Espíritu Santo, es la única forma de ayudarlas.
Al convivir rodeados de personas que mienten para poder vivir sus propias fantasías, ser gente de una sola palabra es nuestra mejor arma para mostrarles La Verdad.
No somos mejores ni más fuertes, pero tenemos a Quien todo lo puede, todo lo sabe y nos sostiene en todo tiempo.
La gente que te rodea te necesita: Necesita tu experiencia de fe, aunque estés batallando; tus palabras de aliento y la cercanía suficiente que les ayude a ver que Cristo vive en vos.
Seamos confiables… Vos y yo somos necesarios.
Ruth O. Herrera
