Como ciervo sediento en busca de un río, así, Dios mío, te busco a ti.Tengo sed de Dios, del Dios de la vida.
Salmo 42: 1-2a DHH
La imagen de un ciervo siempre es delicada y dulce, su apariencia esbelta y pacífica, representa calidez y reposo. Y desde que Disney produjo la película animada “Bambi”, esa imagen se hizo más terminante. Pero como expresa el dicho popular: “no todo lo que brilla es oro”.
Estos animales son relativamente dóciles, aunque algunos de ellos cuando se enojan no son muy agradables. En cuanto a su carácter y a las facultades intelectuales, se puede decir que son prácticamente iguales a las de los otros rumiantes silvestres: es muy tímido y miedoso, y no muy astuto ni inteligente. El ciervo siente por los otros animales indiferencia o antipatía: teme a los fuertes y maltrata a los débiles. Durante la época del celo se muestra francamente fuera de sí: hasta se olvida del pasto cotidiano. Un ciervo encelado vagando por el bosque constituye una visión verdaderamente majestuosa; sin embargo, dentro de una jaula se convierte en un animal mezquino.
Hay solo una consonante de diferencia entre las palabras: “ciervo” y “siervo”, y hasta justo antes de leer las características que algún estudioso escribió acerca de este mamífero, yo las asociaba, e identificaba a los ciervos con la paz y la fuerza que debía tener un siervo de Dios… “que busca entre las corrientes de las aguas a su Dios”.
Me sorprendí, y después reflexioné acerca de mi propio servicio… mi rol de siervo, y en ¿cómo me vería Dios, como siervo, o como ciervo? ¿En qué me parecía yo a esta descripción?: …muy tímido y miedoso, y no muy astuto ni inteligente…, no piensa más que en sí mismo, subordinando todo lo demás a sus propios gustos…
Y sí…, en algo nos parecemos, porque no todo el tiempo en mi ministerio puedo ser lo suficientemente valiente, sabia, o generosa como debo, y como otros me necesitan. Reconocer qué clase de servicio le ofrezco a Dios, sirviendo a otros, es el comienzo para revisar y enfocarme una y otra vez en mi ministerio.
Me detuve a pensar que lo aparente y exterior es solo una fachada, y aunque la imagen del ciervo sigue igual, ya puedo distinguir entre retrato y realidad.
Volví entonces a la Palabra, a los pasajes que describen al siervo según la voluntad y el corazón de Dios, y al leer fui alumbrada.
Cuando leí los pasajes que siguen, recordé que “el que me llamó también es quien adiestra mis manos”, y que estas palabras también nos pertenecen a vos y a mí.
Isaías se anticipa al tiempo y describe el ministerio de Jesús, Te invito a leerlas:
He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones.
No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia.
Isaías 42: 1-3
Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí.
Isaías 43:10
Acuérdate de estas cosas, oh Jacob, e Israel, porque mi siervo eres. Yo te formé, siervo mío eres tú; Israel, no me olvides.
Isaías 44:21
Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste.
Isaías 45:4
Ruth O. Herrera
