Queridos hijos, que nuestro amor no quede solo en palabras; mostremos la verdad por medio de nuestras acciones.
Y su mandamiento es el siguiente: debemos creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y amarnos unos a otros, así como él nos lo ordenó. Los que obedecen los mandamientos de Dios permanecen en comunión con él, y él permanece en comunión con ellos. Y sabemos que él vive en nosotros, porque el Espíritu que nos dio vive en nosotros.
1° Juan 3:18; 23 y 34 (NTV)
Hace tiempo alguien me contó una historia graciosa sobre dos enamorados. Cada vez que se encontraban caminaban tomados de la mano, hablaban horas y horas, se decían palabras tiernas, intercambiaban regalos. Un día estaban haciendo planes para el fin de semana. El muchacho le dijo a la chica una larga lista de actos heroicos que estaba dispuesto a hacer por ella. Su amada lo miraba arrobada, una amplia sonrisa iluminaba su rostro. Luego, en un instante, una frase que su amado deslizó como al pasar, la trajo bruscamente a la realidad.
“Ah, amor. Antes de que me olvide. El sábado, si llueve, por favor tomá un taxi y pasá vos por casa. No voy a ir a buscarte, sabés que detesto mojarme”
No sé si la historia era real o no, pero seguramente podrías recordar algunas veces que creíste en la amistad o el amor de alguien… hasta que te diste cuenta que solo eran palabras. Lindas, elocuentes, halagadoras, pero solo palabras. Algo que Jesús vivió en carne propia.
Por algo Juan escribió esta recomendación en su primera carta. Si no fuera habitual que sucediera no se hubiera tomado el trabajo de registrarlas en la Escritura. La advertencia es tierna. El apóstol los llama queridos hijos, pero a continuación les recuerda que el amor no se quede solamente en decir palabras amables.
El amor y la verdad van juntos y se muestran con hechos concretos.
Durante toda esta semana mencionamos varias palabras muy apreciadas por todos: Valorar, aceptar, amar, perdonar… hay muchas más. Se las conoce como valores o virtudes, y son valores cristianos por excelencia.
Todos necesitamos ser valorados, aceptados, amados y perdonados. Hay personas que sin creer en Dios ni adherir a ninguna confesión religiosa ayudan, valoran, cooperan, aceptan y perdonan. Sus palabras y hechos muestras su concepción de la vida. Y bendicen sin esperar nada a cambio.
Es decir, humanamente es posible. Y gente que actúe de este modo es cada vez más necesaria.
Nosotros, los que conocemos a Cristo hemos elegido obedecerlo y Él nos manda amarnos de esta manera, de palabra y con hechos. La obediencia y la comunión van de la mano. Su Espíritu vive en nosotros y nos permite desarrollar coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.
Claro que cuesta. Todos tenemos necesidades y problemas y es difícil correrse de ellos para pensar en los demás, pero podemos hacerlo.
Un pastor evangélico al que admiro profundamente alcanzó con su influencia a varias generaciones. Aún hoy en círculos intelectuales es reconocido como modelo por su gran capacidad de oratoria y la coherencia de su mensaje verbal y corporal. Su discurso “Yo tengo un sueño” fue una declaración de convicciones, pero estuvo unido a una serie de acciones pacíficas, sacrificiales para defender los derechos de los marginados por el racismo. Su motivación fue el amor a Su Señor y la convicción de que ante Él todos somos iguales.
Una de sus frases más conocidas es la siguiente “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”.
No todos somos capaces de conmover multitudes, pero cada uno de nosotros es capaz de ayudar a una sola persona a tener esperanza. La esperanza de que los valores de Cristo puedan ser expresados por aquellos que lo siguen.
Mónica Lemos
