Compórtense con sabiduría ante los que no tienen fe, utilizando su tiempo de la mejor manera posible. Sean siempre amables e inteligentes al hablar, así tendrán una buena respuesta para cada pregunta que les hagan.
Colosenses 4: 5 y 6 (PDT)
El apóstol Pablo nos dio dos consignas para tratar con aquellos que no tienen fe: comportarnos con sabiduría y ser amables e inteligentes al hablar. Parece sencillo y básico, pero no lo es.
En lo cotidiano, cada vez vivimos más apurados. Y en ese trajín, casi sin darnos cuenta, no respetamos el tiempo de los otros. Hace pocos días, el colectivo venía retrasado porque la autopista estaba colapsada. Yo quería llegar cuanto antes y hacer compras para la cena.
Cuando llegamos, entramos en un negocio y la empleada nos atendió de muy mala gana. Yo tenía que comprar varios productos y cada vez que le pedía uno, me respondía: “¿listo, eso es todo?”. La primera vez ignoré la pregunta, pero ante su insistencia en repetirla, la miré fijamente a los ojos y le dije en tono muy poco amable: “No. Necesito varios más”.
Cuando salimos de allí, la critiqué porque había sido bastante antipática. Luego, miré la hora y me di cuenta de que entramos cuando el negocio ya cerraba, aunque la puerta estaba abierta. Entonces, le dije a mi hija: “es verdad que ella fue áspera, pero yo tampoco la traté bien. Después de todo, no es su culpa que el colectivo se atrasara y ella, como yo, seguramente quería volver a su casa después de un largo día de trabajo”.
¿Me porté sabiamente con la empleada? ¿le hablé con amabilidad? La respuesta a las dos preguntas es un rotundo no. Como estaba apurada, “olvidé” la Regla de Oro.
Traten a los demás como les gustaría que ellos los trataran a ustedes.
Lucas 6:31 (NTV)
Puede parecer un ejemplo muy simple. Sin embargo, tiene un sentido profundo porque Jesús no le pediría a ella que aplique esta regla, me lo pide a mí porque soy su discípula.
Es bueno y sano que examinemos nuestras palabras y acciones. Por lo menos, que pongamos atención para no terminar deslizándonos hacia los modales y las costumbres de los que nos rodean. Quienes no creen, por lo tanto, no tienen el poder para actuar como el Señor. Nosotros sí.
Pablo, en la misma línea de pensamiento que Cristo, nos pide que actuemos y hablemos de acuerdo con nuestra identidad del Reino. Si esto no sucede, ¿cómo les vamos a responder a cada pregunta que hagan? Mejor dicho, ¿les interesará siquiera preguntarnos por nuestra fe?
Ese intercambio en el negocio me confrontó con actitudes propias que prefiero no ver o que justifico, en este caso, por el apuro.
Mónica Lemos
