Afianzados

Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto.  Dios la usa para preparar y capacitar a su pueblo para que haga toda buena obra.

2° Timoteo 3:16 y 17 (NTV)

(Énfasis del autor)

Ayer hablábamos de la verdad. De la necesidad de conocer la Palabra y de permanecer en ella. Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil, no solo para enseñarnos la verdad sino también para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Uy, ¡qué declaración desafiante!

Cuando leemos el texto, nosotros como buenos cristianos decimos “Sí. Lo quiero. Estoy dispuesto a que la Palabra me haga ver lo que está mal en mi vida” En ese momento somos sinceros.  El problema surge cuando se presentan situaciones reales, épocas de crisis que hacen que afloren actitudes, pensamientos y acciones que a la luz de lo que la Escritura enseña sabemos que están mal.  De hecho, es posible que ni nos demos cuenta.

Muchas veces actuamos obedeciendo al reclamo de nuestras necesidades, urgencias, deseos o impulsos. No tenemos en cuenta las consecuencias, quizás por ser incapaces de reconocer nuestra verdadera condición espiritual.  

Hay varios ejemplos bíblicos que ilustran esta realidad.  El más conocido seguramente es el episodio en la vida del rey David cuando enceguecido por su pasión no solo tomó por mujer a Betsabé sino que también mandó matar a su esposo. Estaba tan ciego  con respecto a su pecado que Dios le envió a un profeta para que le contara una historia. Al escucharla, David se enfureció con el protagonista y rápidamente decidió que merecía la muerte.  Recién cuando escuchó a Natán decir “Tú eres ese hombre” reconoció que había pecado contra Dios.

Nosotros, como el dulce cantor de Israel, también podemos estar ciegos a nuestros propios errores y magnificamos los ajenos. Jesús lo ilustró de la siguiente forma:

¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo?  ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.

San Lucas 6:41 y 42 (NVI)

Reconocer que hay momentos en que nuestras acciones no están alineadas con la verdad de Dios no es agradable. En algunas ocasiones hasta puede ser doloroso y por eso negamos lo que para Papá es evidente. El resultado es que nuestra relación con Él se daña y nuestro corazón empieza a endurecerse poco a poco.

En cambio, si permitimos que El Espíritu, a la luz de la Palabra, ilumine nuestras áreas oscuras, reconocemos cuando actuamos mal  y nos arrepentimos de corazón podremos recuperar la comunión con Papá que se ha interrumpido, fortalecer  nuestra salud espiritual  y facilitar el proceso de crecimiento que Él quiere darnos.

Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones;

2° Pedro 1:19 (RVR60)

Cada día tenés la posibilidad de decidir que las Escrituras guíen tu conducta, y cuando te equivocás en el camino, te haga ver lo que está mal.

Siempre… cada día hay una nueva posibilidad de empoderarnos en La Palabra dejando al Espíritu descifrar en nuestro interior la mejor manera de ponerla por obra. Hacer de los pensamientos de Cristo los nuestros, del fruto del Espíritu nuestro carácter.

No descuides hoy el profundizar algo nuevo de la Biblia que afiance tu identidad.