Ahora… es hoy

Cuando Jesús llegó a ese lugar, miró hacia arriba, vio a Zaqueo en el árbol y le dijo: —Zaqueo, apúrate, baja de allí, porque hoy voy a quedarme en tu casa.

Lucas 19:5 PDT
(Énfasis del autor)

El Evangelio de Lucas describe que Jesús afirmó su rostro al ir hacia Jerusalén. Sabiendo que sería su última entrada, sus últimos días; su último viaje antes de la crucifixión. La muchedumbre a través de Jericó es bulliciosa; cientos o miles de peregrinos lo acompañan hacia la Pascua en Jerusalén. En medio de esta procesión, con tanta gente rodeándolo, Jesús se detiene. 

El Rey del Universo pone pausa a su marcha por un solo individuo, y no por alguien noble, sino por el marginado más odiado de la ciudad.

Socialmente a los cobradores de impuestos nadie los miraba a los ojos evitando el contacto visual. Era muy significativo porque en la cultura oriental no mirar a alguien, ignorarlo, era de máximo desprecio. Así que, nadie habrá levantado la mirada y hasta pueden haber escupido el piso al pasar frente al traidor.

Pero el evangelio dice: «Jesús mirando hacia arriba, le vio». No solo lo mira; lo llama por su nombre: «Zaqueo». Paradójicamente el nombre Zaqueo significa “puro, inocente o limpio” … casi una ironía.

Pero cuando Jesús pronuncia «Zaqueo», no hay sarcasmo, hay redención. Lo llama por su identidad original, no por sus errores. Entonces le da una orden, no una sugerencia… una orden. «Es necesario» o «tengo que». No queda mucho tiempo, tiene que ser hoy, ahora.

Es muy probable que el pequeño hombre solo buscaba ver a Jesús; quería ser un espectador anónimo en la galería. Incapaz de acercarse o decir palabra.

Es dónde se ve claramente que este encuentro describe la totalidad de la misión de Jesús. La historia de Dios deteniéndose, mirando en dirección a quien está perdido, con la urgencia del contacto personal.

Jesús no nos quiere espectadores. Cuando lo buscamos, descubrimos que Él nos estaba buscando primero. 

La mirada de Jesús no fue una mirada de condena o juicio. Como en la cruz hablándole de esperanza al ladrón arrepentido. El amor de Cristo es intensamente personal. En medio de los millones de habitantes de este planeta hay una necesidad divina, la determinación de compartir cada día, sentado a la mesa con vos.

La gracia siempre opera así: nos sorprende en nuestros lugares de escondite. A veces nos subimos a «árboles» de éxito, ocupaciones, luchando por seguir adelante. A cierta distancia para no cambiar la rutina. Pero el amor de Jesús se detiene e insiste. «Date prisa, desciende», ese es el llamado urgente del evangelio. 

La salvación no es para mañana. El tiempo de Dios es «hoy». Jesús te pide que bajes de tu árbol de observación distante, de tu lugar de aparente seguridad.

Él no ignora tu pasado, pero se niega a que tu pasado defina tu futuro. Sabe la ironía entre lo que se supone que deberías ser y lo que realmente sos. Y, sin embargo, su propuesta no es un juicio, sino una cena. ¡Es hoy!

 

Ruth O. Herrera