Ahora te toca a vos

A lo largo de todo el evangelio, nadie ha logrado descifrar plenamente la identidad de Jesús. Los discípulos están ciegos; las multitudes buscan panes y peces; los líderes religiosos lo consideran endemoniado. Sin embargo, en el momento exacto en que Jesús exhala su último suspiro en la cruz, ocurre el clímax teológico del libro: 

Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

Marcos 15: 39 RV

El final irónico de la historia nos confronta. No es Pedro, Santiago, ni Juan quien hace la confesión cristológica perfecta del evangelio; es un oficial pagano del ejército de ocupación romano, un hombre cuya profesión era administrar la muerte en nombre de César.

Marcos le está diciendo a su audiencia en Roma: el verdadero rostro de Dios no se revela en el esplendor militar del palacio del emperador, sino en la fragilidad extrema del sufrimiento de la cruz.

Y ellas salieron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.

Marcos 16: 8 RV

Lo que sigue en los versículos del 9 al 20 no está incluidos en los manuscritos más antiguos. Cabe preguntarse entonces: ¿por qué terminaría los últimos párrafos de su evangelio con las mujeres huyendo en silencio y con miedo? 

Al dejar plasmada en la historia esta escena de miedo y el anuncio del joven:  «Él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis» (16:7), Marcos abre las puertas de una nueva etapa, una nueva historia. Pone punto final a su escrito con un final abierto.

Marcos nos pasa la antorcha. Nos está diciendo: Las mujeres tuvieron miedo inicial, pero la historia no terminó ahí, porque si no, vos no estarías leyendo esto en este momento. “Ahora te toca a vos».

 

Ruth O. Herrera