Cuando llegaron a donde estaba la gente, un hombre se acercó a Jesús, se arrodilló ante él y le
dijo: — ¡Señor, ten compasión de mi hijo y ayúdalo! Está muy enfermo y sufre de terribles ataques. Muchas veces, cuando le da un ataque, cae al fuego o al agua. Lo traje para que tus discípulos lo sanaran, pero no han podido hacerlo. Jesús contestó: —Ustedes están confundidos y no confían en Dios. ¿Acaso no pueden hacer nada sin mí? ¿Cuándo van a aprender? ¡Tráiganme aquí al muchacho! Jesús reprendió al demonio que estaba en el muchacho, y lo obligó a salir. El muchacho quedó sano. Poco después, los discípulos llamaron a Jesús aparte y le preguntaron: — ¿Por qué nosotros no pudimos sacar ese demonio? Jesús les respondió: —Porque ustedes no confían en Dios. Les aseguro que si tuvieran una confianza tan pequeña como un grano de mostaza, podrían ordenarle a esta montaña que se moviera de su lugar, y los obedecería. ¡Nada sería imposible para ustedes!
Mateo 17: 14-21 TLA
(Énfasis del autor)
Después de la transfiguración, después de la gloria, de momentos extraordinarios de adoración, puede llegar el tiempo de la incertidumbre, la falta de resultados o alguna situación difícil a nuestra vida. Cuando nos tenemos que levantar, ir a trabajar, enfrentar los conflictos cotidianos y seguir resolviendo la vida.
Por eso te quiero mostrar esta conjunción de cielo y tierra, esta experiencia maravillosa a la que Dios te quiere llevar.
Pedro le dijo a Jesús: —Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Pedro no quiso volver a la rutina, se quería quedar ahí, donde el cielo y la tierra se unieron. No quería moverse del lugar porque allí fluía la presencia de Dios, pero tuvo que bajar del cerro. Jesús y los discípulos estaban en la cima de una montaña celestial, pero cuando llegaron abajo la realidad era diferente, casi opuesta:
¡Señor, ten compasión de mi hijo y ayúdalo! Está muy enfermo y sufre de terribles ataques. Muchas veces, cuando le da un ataque, cae al fuego o al agua. Lo traje para que tus discípulos lo sanaran, pero no han podido hacerlo.
Pedro quería reorganizar su vida haciendo enramadas y detenerse en ese momento maravilloso, pero lo esperaba la vida de servicio y las frustraciones que eso acarrea. La experiencia sobrenatural debía desafiarlo y no detenerlo. Él fijó sus ojos más en aquella experiencia que en lo que la visitación significaba.
A todos nos ha sucedido que cuando somos sumergidos en el Espíritu, en tiempos de llenura, no podemos conciliar fácilmente la plenitud e inmensidad de Dios con nuestra limitada y habitual vida. Por eso, cuando buscamos vehementemente al Señor, no debemos de perder de vista el para qué de su visitación.
La llenura del Espíritu y su toque son para ser ministrados en la fortaleza y la visión de ser bendición a otros. Acumular esas experiencias para uno mismo, al contrario de lo que se espera, puede secar la visión y el verdadero llamado, centrándonos en nosotros mismos. Cuando la manifestación del Señor y el Espíritu se apoderen de tu vida, y el cielo se una con la tierra, después tenés que bajar, en algún momento la realidad te va a alcanzar. Algún día tenés que bajar.
Pastores Ruth y Hugo Herrera
