Amabilidad

Dejen de estar tristes y enojados. No griten ni insulten a los demás. Dejen de hacer el mal.  Por el contrario, sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo.

Efesios 4 31-32 TLA

 

Hace un tiempo atrás tuve que priorizar de manera exacerbada mi amabilidad frente a una situación por demás incómoda. Había contratado un servicio a un especialista en esa área y en medio de su tarea me di cuenta de que estaba haciendo su trabajo muy por debajo de lo esperable. Al llegar y ver que el resultado no estaba siendo bueno, contuve mi reacción al punto en que sentí que dentro mío algo estallaba.

Fui considerablemente amable, no hice comentarios y me fui pensando de qué manera podía solucionarlo después. A la noche me di cuenta de que el precio de mi amabilidad me había provocado un derrame ocular. Pasaron varios días hasta que mi ojo quedó limpio, y cada vez que me miraba volvía a recordar el valor de no crear un conflicto. La amabilidad se asocia con el buen carácter, hay personas que consideramos naturalmente amables, pero creo que como todas las características de un hijo de Dios llevan un trabajo e intención.

El arzobispo Desmond Tutu, conocido por su lucha contra el “apartheid en Sudáfrica” (un conjunto de leyes que establecían un sistema desigual y discriminaban a la población negra e india de Sudáfrica durante gran parte del siglo pasado), mostró una notable amabilidad y perdón hacia aquellos que lo habían oprimido. Su enfoque en la reconciliación y su disposición a perdonar a los perpetradores del apartheid reflejan una profunda comprensión de la amabilidad y el amor cristiano. En su trabajo con la Comisión de la Verdad y Reconciliación, Tutu promovió la justicia restaurativa en lugar de la venganza. Su vida y ministerio son un testimonio vivo de cómo la amabilidad puede transformar sociedades y sanar heridas profundas.

Cuando leí acerca de este arzobispo me di cuenta de que mi amabilidad no había sido tan notable y pensé cómo muchas veces no se había notado. La amabilidad es una virtud fundamental para cualquier discípulo de Jesús. A lo largo de las Escrituras, vemos cómo el amor de Dios se refleja en la amabilidad y cómo es esencial mostrarlo a otros.

Jesús, al contar la parábola del samaritano describió a un hombre amable y piadoso. No me imagino al benefactor cargando al herido en su cabalgadura protestando por tener que ayudar, ni decirle al dueño del mesón: “¡Qué fastidio tener que pagar por algo que no uso personalmente!”. La misericordia en bondadosa y amable. Se refleja en los gestos, el semblante y hasta la postura física.

Hoy te dejo esta pregunta para que te respondas a vos mismo o, si te animás se la hagas a alguien que te conoce bien: ¿soy amable y se nota?

 

Ruth O. Herrera