Les digo todo esto para que sean tan felices como yo. Y esto es lo que les mando: que se amen unos a otros, así como yo los amo a ustedes. Nadie muestra más amor que quien da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que les mando. Ya no los llamo sirvientes, porque un sirviente no sabe lo que hace su jefe. Los llamo amigos, porque les he contado todo lo que me enseñó mi Padre
Juan 15:11-14 TLA
(Énfasis del autor)
Seguir a Jesús tenía un precio para los discípulos, y ellos lo fueron descubriendo a los largo de los 3 años que vivieron juntos. Era evidente para todos que este Maestro no era uno más, que sus obras milagrosas eran reales y no era fácil asimilar sus enseñanzas. Él vivió tratando de que sus amigos entendieran que el servicio a medias, lo tibio, lo inmaduro debía dar paso a su deseo por ellos: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”.
Jesús buscaba a quienes pudieran seguirlo en medio de la rutina, en la calle, los mercados, en lugares comunes para el pueblo; iba por los caminos abiertamente convocando a vivir el Reino de Dios.
Su ministerio era público y abierto, pero buscaba una relación íntima y personal con cada individuo para cambiar los corazones y transformar los deseos propios en los deseos del Padre, porque seguir a Jesús era cambiar de dirección.
Jesús llama y los hombres responden por sí o por no, cada uno según sus prioridades. Busca gente direccional, aquellos que saben dónde está el horizonte y donde poner la mirada, que saben detrás de qué y de quién deben ir. Porque los conflictos personales que todos tenemos pendientes de resolución, el trabajo, y la casa, la familia y la rutina, pueden frustrar nuestros deseos de servir al Señor y el disfrute al hacerlo.
El no rechaza a quien invierte su tiempo en cuidar a su familia, defiende sus bienes, o planea su futuro, pero su anhelo es ocupar el trono en el corazón y ser la prioridad. En lo más sencillo, en lo cotidiano, en lo que es más común, el primer pensamiento de la mañana y el último al acostarse, su deseo es ser el primer amor.
El equilibrio y el balance están en hacer a Cristo realmente parte en nuestra vida diaria, y el fundamento fue dado al pueblo en su establecimiento como nación:
¡Escucha, Israel! El Señor es nuestro Dios, solamente el Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Debes comprometerte con todo tu ser a cumplir cada uno de estos mandatos que hoy te entrego. Repíteselos a tus hijos una y otra vez. Habla de ellos en tus conversaciones cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.
Átalos a tus manos y llévalos sobre la frente como un recordatorio. Escríbelos en los marcos de la entrada de tu casa y sobre las puertas de la ciudad.
Deuteronomio 6: 4-9 NTV
(Énfasis del autor)
El Padre Celestial comprendiendo la debilidad de los hombres le da al pueblo un mandato para favorecer y direccionar sus prioridades. El mandamiento es claro, preciso y detallado para que adultos y niños tuviesen presente a su Dios a cada paso.
Era imposible perder de vista o evitar poner al Creador en primer lugar porque a cada paso y fuera cual fuera la actividad, la marca divina estaba en sus cuerpos.
Hoy la marca indeleble del Espíritu está en quienes aman y eligen a Jesús como Señor y Salvador, y nos recuerda y manifiesta Su Reino.
La palabra “todo” se repite porque Dios no quiere menos que “toda nuestra vida”.
Esta es la manera de amar a Dios: llevando todos nuestros pensamientos cautivos en la mente de Cristo, todas nuestras energías, fuerzas y cuerpo rendidos y apartados para Él, todas nuestras emociones y sentimientos impregnados de su voluntad. Sólo así, en la amistad y unidad más estrecha con Jesús podremos disfrutar ser “verdaderamente sus amigos”
“Hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios.”
Josué 23:11 NVI
Ruth O. Herrera
