Amistades necesarias

Cuando Saulo llegó a Jerusalén, trató de reunirse con los creyentes, pero todos le tenían miedo. ¡No creían que de verdad se había convertido en un creyente!  Entonces Bernabé se lo llevó a los apóstoles y les contó cómo Saulo había visto al Señor en el camino a Damasco y cómo el Señor le había hablado a Saulo. También les dijo que, en Damasco, Saulo había predicado con valentía en el nombre de Jesús.

Hechos 9:26-27 NTV

(Énfasis del autor)

 

La primera amistad destacada de Pablo es con Bernabé, un compañero de ministerio con el que compartió numerosas experiencias misioneras.

Bernabé intercedió por el recién convertido cuando nadie le creía y desconfiaban de sus cambios. Lo ayudó a ser aceptado por la comunidad en Jerusalén, y desde entonces, emprendieron su primer viaje misionero juntos.

Realmente es admirable la actitud y los riesgos que enfrentó por su nuevo amigo.

 

Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y firme en la fe. Y mucha gente llegó al Señor.

Hechos 11:24 NTV

 

Un nuevo cristiano, un amigo lleno del Espíritu, alguien a quien la iglesia le encomendó ir a los gentiles de Antioquía a corroborar su fe y al verlos se alegró de ver la obra de Dios. Un hombre que disfrutaba de ver vidas cambiadas, tanto que fue a buscar a Saulo hasta Tarso… y fue su mentor.

 

Después Bernabé siguió hasta Tarso para buscar a Saulo. Cuando lo encontró, lo llevó de regreso a Antioquía. Los dos se quedaron allí con la iglesia durante todo un año, enseñando a grandes multitudes. (Fue en Antioquía donde, por primera vez, a los creyentes los llamaron «cristianos»).

Hechos 11: 25-26 NTV

 

Saulo necesitó a Bernabé para ser el nuevo apóstol, fue la amistad que afianzó aún más su ministerio.

 

La amistad que construye, que acompaña, que potencia es la que nace del corazón de Dios. La que sobrevuela las edades, la idiosincracia, la rutina y es siempre un nexo con el Espíritu Santo.

 

¿Sos de esos amigos, amigas, que promueven la fe y provocan la madurez en Cristo?

Conocí a un hombre que era un gran amigo para quienes lo rodeaban: siempre tenía una palabra de aliento, un consejo sabio, una ayuda oportuna. Varias veces fue defraudado por personas a quienes les había brindado, no solo su amistad, también su casa y su famila como un lugar de refugio. Pero siempre me llamó la atención que, a pesar de las estafas emocionales y materiales que sufrió, nada cambió su profundo sentido de amistad. Siempre siguió abriendo su casa, hasta los últimos momentos. Por supuesto, su ejemplo me marcó y me enseñó que para tener amigos hay que empezar por serlo.

Ese gran amigo era mi papá, alguien absolutamente incondicional, aún cuando algunos, entre los que me incluyo, le aconsejábamos “no ser tan confiado”. Pasaron muchos años de su partida, pero son muchas las veces que me encuentro personas que lo consideraron un gran amigo de sus amigos. Hijos y nietos de los que lo conocieron y recibieron el mensaje de Cristo.

 

Yo sé en primera persona que la amistad es evangelio puro.

Oro a Papá que si estás leyendo esta serie de devocionales el Espíritu Santo te anime a ser un amigo, una amiga que encuentre a muchos “Saulos” que te necesitan para cumplir su llamado.

Ruth O. Herrera