Amor sin límite

Después fue Jesús otra vez a la orilla del lago; la gente se acercaba a él, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma.

Jesús le dijo: —Sígueme. Leví se levantó y lo siguió.

Marcos 2:13-14 DHH

 

El versículo catorce nos presenta a Leví, a quien el evangelio de Mateo identifica como Mateo, hijo de Alfeo. Leví no era simplemente un empleado administrativo; era un publicano.

El imperio fijaba una cuota obligatoria para una región y subastaba el derecho a recaudarla al mejor postor. Los publicanos pagaban esa cuota por adelantado a Roma o al tetrarca local y, a cambio, recibían el derecho legal y el respaldo militar para cobrarle al pueblo. Su ganancia personal consistía en la diferencia: todo lo que lograran extorsionar por encima de la cuota fija iba directo a sus propios bolsillos. Por esta razón, en la sociedad judía, los publicanos eran traidores a la patria. Eran excomulgados religiosos por estar en constante contacto con gentiles y monedas paganas.

 

Leví estaba sentado en un puesto de peaje aduanero y cobraba impuestos por cada carro, cada cargamento de pescado, cada esclavo o mercancía que cruzaba la frontera.

Era un ladrón institucional. Su dinero era considerado «sucio» y no se aceptaba en las

limosnas del Templo. Para nosotros no es extraño pensar en personas corruptas que roban el dinero del pueblo, pero creo que en aquel primer siglo la condena era todavía más rotunda.

 

Jesús camina por la zona aduanera. Es aquí donde ocurre el choque de dos mundos.

El Maestro santo se cruza con el recaudador corrupto. La narrativa de Marcos es quirúrgica: «Y al pasar, vio a Leví… sentado al banco de los tributos». Creo que el encuentro fue planeado por el Maestro. El verbo «ver» aquí no implica una mirada casual, en el griego denota una mirada de “escaneo profundo”. Frente a la mesa de cobranza más odiada, Jesús rompió toda cordura. Que un rabino respetable convocara a un publicano a su círculo íntimo era absolutamente escandaloso, totalmente reprochable.

Por otro lado, si Leví se levantaba de esa mesa y abandonaba los registros contables de Roma, el puesto sería asignado a otro publicano antes del anochecer. Roma tampoco perdonaba a un desertor. Este llamado contenía una carga de shock cultural absoluto. A diferencia de otros discípulos pescadores, Mateo no podía volver a su oficio. Realmente sepultó su pasado. El paso de Leví fue definitivo. Jesús no vio a un hombre corrupto e irrecuperable; vio a un discípulo atrapado en su propia trampa.

 

Una vez más deberíamos asombrarnos de semejante amor. ¡Cómo Jesús se arriesgaba y se jugaba por los demás! Él sabía muy bien que la restauración de su amor no tiene límites: vino a buscar a los que estábamos perdidos.

 

Jesús, con su gracia, no te pide que te arregles para poder seguirlo. No hay manera de cambiar nuestra historia acá y en la eternidad por nosotros mismos, y en este relato es absolutamente contundente.

En tu peor momento, te llama por tu nombre, te da nueva identidad y nuevo nombre, y te da el poder para levantarte y dejar el banco de tus antiguas esclavitudes para siempre.

 

Ruth O. Herrera