Anónimas

Después de esto, Jesús anduvo por muchos pueblos y aldeas, anunciando la buena noticia del reino de Dios. Los doce apóstoles lo acompañaban, como también algunas mujeres que él había curado de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas iba María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; también Juana, esposa de Cuza, el que era administrador de Herodes; y Susana; y muchas otras que los ayudaban con lo que tenían.

Lucas 8:1-3 DHH

(Énfasis del autor)

 

Llegó un momento en que las sinagogas no estaban abiertas libremente para Jesús. En lugar de  bienvenida encontraba oposición; en vez de oyentes ansiosos había escribas y fariseos esperando fríamente atraparlo en sus propias palabras y obras. Entonces se dirigió a los caminos y las colinas para seguir enseñando.

En el pueblo era común que seguidores y discípulos sostuvieran a un rabí o maestro. A Jesús, sorprendentemente, eran mujeres, que lo segían y sostenían. Él les dio a las mujeres un espacio notorio, las defendió, les habló públicamente y las contó como parte de su equipo.

El evangelio de Lucas describe cómo Jesús iba por los poblados y ciudades de Galilea, no solo con sus discípulos, sino que también con mujeres discípulas, mujeres junto a Jesús. Lucas describe a los discípulos y a las discípulas en igualdad siguiendo a Jesús. 

En los evangelios se mencionan a María de la ciudad de Magdala; Juana, esposa del procurador de Herodes Antipas; Susana; María, madre de Santiago y José; Salomé… “y varias otras”.

Algunas mujeres miraban de lejos, entre ellas, María Magdalena, María (la madre de Santiago el menor y de José[i]), y Salomé. Eran seguidoras de Jesús y lo habían cuidado mientras estaba en Galilea. También estaban allí muchas otras mujeres que habían venido con él a Jerusalén.

Marcos 15: 40-41 NTV

(Énfasis del autor)

¿Quiénes fueron las anónimas? No sabemos, pero están incluidas como siervas, seguidoras, cercanas, discípulas y amigas. Sin fama, ni reconocimientos, hasta casi ignoradas por la historia, estas mujeres fueron quienes acompañaron, y sostuvieron al Señor. Estuvieron atentas seguramente a que el Maestro coma bien, no sufra frío, y todo lo que le hiciera falta para cumplir su misión. ¿Puedo imaginar a alguna de ellas comprando su túnica o cociendo su capa, cocinando  y  acomodando el lugar donde pasaría la noche?

Sin ellas, su ministerio hubiera sido aún más pesado y difícil. Pero contar con ellas era para Jesús como saber que tenía amigas, hermanas, y madres atentas a potenciar su misión salvadora. Se relacionaron al conocer al maestro, estrecharon sus vínculos al seguirlo y, hasta el último aliento en la cruz fueron sus fieles discípulas. Mujeres anónimas,  necesarias en el plan de salvación eterno. Tan necesarias y valiosas como aquellas que sí fueron mencionadas.

Marcos en su escrito define la actitud de las mujeres con tres palabras: seguir, servir, subir hasta Jerusalén. Seguramente lloraron cerca de la cruz y celebraron la resurrección, participaron en la espera del Espíritu Santo y el día de pentecostés.

Ser parte del ministerio de la Gracia Divina, no es cuestión de fama o renombre, sino de fidelidad y amor.

 

Ruth O. Herrera