Antes y después

Así que hemos dejado de evaluar a otros desde el punto de vista humano. En un tiempo, pensábamos de Cristo solo desde un punto de vista humano. ¡Qué tan diferente lo conocemos ahora! Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!

2° Corintios 5.16 y 17 (NTV)
(Énfasis del autor)

Hace poco nos mudamos. Esto implica aprender nuevos itinerarios y dejar atrás aquellos que teníamos automatizados porque conocíamos nuestra ciudad. Todo es distinto para nosotras: la zona, los negocios, los vecinos, los medios de transporte, incluso el tiempo que tardamos en ir de un lugar a otro. Tenemos que prestar atención a detalles que antes, por costumbre, pasábamos por alto.

Mi sentido de la orientación tiene algunas deficiencias ¡puedo estar convencida de que estoy en la dirección correcta y minutos después darme cuenta de que viajo exactamente en sentido contrario! Por eso tengo que estar atenta, aprender los nombres de las calles y tratar de tomar algún lugar como punto de referencia.

Los dueños de un almacén que está cerca de casa son cristianos. Conocerlos nos da cierta sensación de seguridad. Cuando salimos, saludamos a nuestros nuevos vecinos, algunos nos miran con curiosidad, pero responden a nuestro saludo.

Creo que en la vida cristiana sucede algo parecido. Pertenecemos a Cristo y nos hemos convertido en nuevas personas. Una nueva vida ha comenzado, pero hay un proceso continuo de aprendizaje: familiarizarnos con un nuevo lugar (Reino), sus leyes y hábitos; descubrir los senderos por los que el Señor quiere que transitemos, y relacionarnos intencionalmente con personas que compartan nuestra fe.

En la comunidad de creyentes es donde podemos ayudarnos a crecer unos a otros; podemos dar y recibir consejo; aprender y enseñar; consolar y ser consolados; bendecir y ser bendecidos. Es un antes y un después, pero no estático. No sucede de una vez y para siempre. “Las cosas viejas van pasando, todas se van haciendo nuevas”. A medida que vamos conociendo al Espíritu Santo y permitimos que la vida de Cristo se manifieste en nosotros, podemos comenzar a experimentar, de a poco, una seguridad inamovible, espiritual y eterna; descubrir que es posible elegir la fe en medio de la incertidumbre; reconocer que no podemos controlar a Dios ni automatizar nuestro caminar con Él (aunque algunas veces lo intentemos).

A los primeros cristianos se los conocía como los del Camino. Pertenecían a Aquel que se autodefinió como el camino, la verdad y la vida. Seguirlo era una experiencia dinámica, debían aprender a confiar en Su guía, paso a paso, y permitir que esa vivencia diaria los transformara.  

En ese sentido, muchos siglos después, seguimos siendo los del Camino. Cada día podemos decidir seguirlo aunque no podamos ver el panorama completo. 

Entonces dijo a la multitud: «Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz cada día y seguirme.

S Lucas 9.23 (NTV)

 

Mónica Lemos