Más tarde, Eliseo le preguntó a Giezi: — ¿Qué podemos hacer por ella?
—Ella no tiene hijos —contestó Giezi—, y su esposo ya es anciano.
—Llámala de nuevo —le dijo Eliseo. La mujer regresó y se quedó de pie en la puerta mientras Eliseo le dijo: —El año que viene, por esta fecha, ¡tendrás un hijo en tus brazos!
— ¡No, señor mío! —exclamó ella—. Hombre de Dios, no me engañes así ni me des falsas esperanzas.
2° Reyes 4: 14-16 NTV
¿Por qué siendo Eliseo quien era, ofreció primero a la mujer algo tan trivial como el recibir algún favor político? Estaba claro que no era lo mejor que Eliseo tenía para ofrecer. Y si bien Eliseo no sabía de qué forma mostrar su gratitud; su sirviente, que conocía el poder de Dios y lo reconocía en su amo, tuvo una inspiración maravillosa. Giezi interpretó como nadie lo que haría feliz a la mujer. Aprendió a ver realmente a los demás.
En aquella cultura no tener hijos era sinónimo de menosprecio y ella, con un marido ya anciano, pronto quedaría sola. ¡Qué bueno fue para ella no haber aceptado el primer ofrecimiento! Si sólo hubiera servido a Eliseo por interés, quizás se habría tentado ante la posibilidad de favor humano.
Pero evidentemente era alguien genuinamente servicial, con tiempo y recursos para hacer beneficencia como lo hizo con Eliseo. Y Dios premió su corazón, y usó a quien ese momento era un simple sirviente para desatar un gran milagro, uno tan imposible e inesperado, que a ella le costó creer lo que le estaba anunciando “el hombre de Dios”, como ella lo llamaba.
Me imagino su cara al responder temblorosa: “¡No me engañes! ¡No me decepciones! ¡No me des falsas expectativas, es imposible! Yo no puedo tener hijos. He dedicado mi vida a ayudar a otros.” Su respuesta confirma la teoría de que ayudaba sin esperar nada a cambio, pero también demuestra que su espíritu servicial no pasó inadvertido para Dios.
Esto sigue ocurriendo hoy en la vida de aquellos que, sin destacarse demasiado, son una oración y adoración constante para el Señor. Hablo de esas personas que “provocan con sus vidas los milagros”, que no canjean ni comercian con la bendición que dan y se convierten ellas mismas en milagro para otros.
En la mujer sunamita nos encontramos con una persona que vivió para bendecir y provocar milagros. El primero en recibir algo inesperado fue Eliseo, algo material que ella podía hacer por tener los recursos y quizás sin esfuerzo, pero hecho con una actitud que movió los cielos.
Yo quiero vivir de manera que a mí alrededor se provoquen milagros, y seguro vos también. Quizás ya lo estás haciendo aun sin darte cuenta. Si miras a tu alrededor hoy… ¿quién necesita un milagro que tu amor, cercanía y oración puede provocar? Cerca nuestro siempre hay hombres y mujeres que en apariencia lo tienen todo pero que viven con menos de lo que Dios quiere darles.
Y si creés que no tenés “suficiente para dar”, pensá que Giezi fue parte fundamental de esta historia: Alguien sencillo, sin recursos propios y que vivía a la sombra de su amo, pero que supo reconocer el tiempo y la oportunidad del milagro. Esta no fue la única historia en la que el sirviente vio el poder de Dios… porque era alguien dispuesto a ver milagros.
Que Dios abra tus ojos para ver qué personas necesitan milagros por desatar.
Ruth O. Herrera
