Aroma de salvación

Doy gracias a Dios porque nos hace participar del triunfo de Cristo, y porque nos permite anunciar por todas partes su mensaje, para que así todos lo reconozcan. Anunciar la buena noticia es como ir dejando por todas partes el suave aroma de un perfume. Y nosotros somos ese suave aroma que Cristo ofrece a Dios. Somos como un perfume que da vida a los que creen en Cristo. Por el contrario, para los que no creen somos como un olor mortal.

2° Corintios 2: 14-16 (TLA)

La atmósfera está perfectamente diseñada por el Creador, pero a veces hay cosas que cambian el aire.

Nosotros vivimos cerca de la distribuidora de pollos “Cresta Roja”, y cuando el viento viene desde ese lugar el olor nos indica que el aire es diferente.  Cuando tu vecino hace un asado, si vos estás en tu casa percibís un aroma agradable como si la atmosfera cambiara. Quizás químicamente el cambio es insignificante, pero para vos es perfectamente perceptible a través de tus sentidos.

Cuando hay un cambio en el aire, en los aromas del aire se activan los sentidos y esto pasa también en lo espiritual, en nuestra vida espiritual también hay diferentes atmósferas.

Pastores Patricia y Gabriel Nonini

Todos al entrar en un lugar percibimos el ambiente que se respira provocados por una mezcla de gases, vapores y polvo que influye en el tipo de olor que percibimos. Nuestro sistema sensorial olfativo distingue en mayor o menor medida este contraste. Pero también solemos percibir otras atmosferas que generan el ánimo, las relaciones interpersonales, las emociones, el humor y que “hacen evidente lo que creemos invisible”.

“El apóstol conocía las costumbres del Imperio romano, por eso relaciona estas costumbres con la predicación del evangelio. En ese tiempo cuando el ejército de Roma había logrado una victoria sobre sus enemigos se hacía un desfile por las calles, la gente aclamaba al vencedor y los sacerdotes paganos agitaban sus incensarios dando gracias a sus dioses por el triunfo. En este desfile iban los reyes o jefes del ejército vencido que se rendían a las fuerzas romanas, a ellos se les había perdonado la vida y marchaban libres delante del carro del vencedor, luego podían volver a su lugar de origen pero al servicio del Imperio romano. El grupo que no se había rendido caminaba encadenado detrás del carro sentenciados a morir. El mismo incienso que aclamaba al héroe significaba algo diferente para cada grupo: para los perdonados era un grato aroma; para los condenados era olor de muerte. Era el mismo perfume, pero según la relación que tenían con el vencedor significaba algo totalmente opuesto”.

(Tomado de Comentario bíblico Mundo Hispano, adaptado)

El apóstol Pablo sabía mucho de esto y en su intensa vida había producido atmosferas de muerte y atmosferas de vida.

Al rendirse a Cristo pudo cambiar la atmósfera de cualquier lugar al que llegaba, proclamando el mensaje de vida que él mismo había experimentado. Esparcía ese aroma porque estaba impregnado de Cristo y no podía dejar de transferir esa fragancia en cualquier lugar donde estuviera.

Pablo estaba agradecido a Dios porque pertenecía al ejército vencedor. 

Vos y yo también provocamos atmosferas a nuestro alrededor y el “aroma” que los demás perciben es diferente según nuestra “atmosfera interior”.

Cada día permitirle a Dios que nos inunde de su propio aroma, de sus pensamientos, su mirada, su compasión puede provocarnos a exhalar su Presencia e inundar los ambientes de una atmosfera de Gracia.

Somos portadores de la atmosfera santa y podemos provocar los “sentidos espirituales” de los demás para que perciban el poder y el amor de Papá.

Seamos provocadores de aroma de salvación.

Mónica Lemos