Cuando estoy con los que apenas empiezan a ser cristianos, me comporto como uno de ellos para poder ayudarlos. Es decir, me he hecho igual a todos, para que algunos se salven. Y todo esto lo hago porque amo la buena noticia, y porque quiero participar de sus buenos resultados.
1° Corintios 9: 22-23 TLA
San Pablo le escribió a la iglesia de Corinto acerca de su propia renuncia a vivir una vida clásica o normal.
Su convicción era extrema y su vida también lo era. Mostró a las claras la diferencia entre ser servidor de Cristo o un religioso adaptado a los ritos. Su autoridad la ganaba con sus hechos y no con sus títulos. Tenía la premisa de dejar en claro que no estaba dispuesto a hacer nada que desacreditara el evangelio. No admitía que nada de su vida impugnara el mensaje que proclamaba.
Este estilo de vida radical hoy es difícil de sostener, y es trabajoso ser “normal” sin condicionar nuestra integridad cristiana. Día a día en nuestras rutinas tenemos que recordar aquel dicho popular que dice: «No puedo oír lo que dices porque estoy escuchando cómo eres.»
Estamos transitando tiempos nuevos, con nuevas costumbres, nuevos estilos de vida, nuevas formas de familia y de nuevas revelaciones, pero frente a la novedad de vida que se nos propone cada día debemos estar dispuestos a vivir y andar en la Perfecta Voluntad del Padre.
Hoy es imprescindible que nos propongamos ser transformados por su Palabra y la obra del Santo Espíritu cada día, porque sólo en Su Presencia somos equilibrados por el Espíritu Santo
Juntos tenemos que ser una iglesia que trascienda los tiempos, costumbres, y nuevos paradigmas sociales. Que pueda “hacerse a todos por amor a todos…” sin perder la esencia, el carácter y la identidad en Cristo. Una iglesia de personas capaces de ser transformadas y capaces de ser factor de cambio.
Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.
Gálatas 2:20 NTV
El apóstol Pablo era un provocador de cambios, alguien que caminó contra la corriente en un mundo básicamente politeísta anunciando a un único Dios Soberano. Se jugó la vida por una nueva doctrina que era opuesta a lo que el mundo vivía, y trabajó incansablemente para alcanzar a la mayor cantidad de ciudades con un evangelio revolucionario.
Esta semana una joven que intenta vivir cada día una vida plena en Cristo me compartió lo difícil que le resulta sostener sus convicciones sin negociar con lo que otros le proponen, su conflicto es el todos. Ser genuinamente de Cristo es un desafío muy alto para quien vive en una sociedad ambigua y llena de contradicciones. No ser un “bicho raro” sin aceptar el pecado como algo natural.
Hoy al enfocarnos en un nuevo año tenemos que trabajar con convicción en la unidad de nuestra iglesia y el obrar del Espíritu para plantarnos en un proceso de transformación personal y comunitario.
Hace tiempo atrás nuestro pastor nos invitó a ser una iglesia “atractiva” y entendimos que lo atractivo es la presencia de Dios, el Monte del Señor… Su presencia manifiesta.
Una iglesia atractiva, que se involucra en la realidad de la gente y puede convivir con sus necesidades, problemas, diferencias y estilos de vida, es aquella en la que está clara la obra y la vida de Dios en cada creyente, una comunidad que trabaja por la salvación, en la fe de Jesucristo, en los milagros diarios sin perder de vista a los demás.
Como iglesia queremos ser una comunidad abierta a todos, una familia atractiva que vive y muestra el amor de Dios, y al hacerlo debemos saber decir oportunamente que no, sin dejar de acercarnos a quienes piensan y viven en un reino diferente.
Por eso hoy te propongo que medites en: ¿Qué pasa con la gente que nos rodea cuando ven nuestra identidad cristiana? ¿Qué perciben de nosotros? ¿Cómo debe ser la iglesia equilibrada, llena del Espíritu y atractiva para la gente?
Oremos y trabajemos juntos para que 2022 nuestra congregación provoque que la gente corra al Señor por nuestra atractiva y concreta manera de vivir y disfrutar la Gracia de Dios.
Ruth O. Herrera
