Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.
Santiago 1.23-24
A principio de año tomé una clase de automaquillaje. Me enseñaron acerca de los tonos apropiados para mi color de piel, de los cuidados de ella y de las distintas direcciones en las que tengo que aplicar la sombra de ojos, entre tantas otras cosas.
Después de casi dos horas de clase, estaba casi irreconocible. Era yo, pero no era la de todos los días.
Hoy en día, varios meses después, ni siquiera esforzándome, logro verme como me vi ese día. Es que no recuerdo todo tal cual fue explicado, y mucho menos lo puedo replicar con menos de la mitad de los recursos de esa vez. Quizás si me hubiese sacado una foto, podría volver a inspirarme o al menos tratar de copiarme, pero solo tengo un vago recuerdo, y éste es más bien de la impresión que tuve que del maquillaje en sí.
Una situación similar describe Santiago. Claro que sin maquillajes ni fotos, y creo que hasta sin espejos como los que tenemos hoy en día. Santiago dice que oír la palabra y no hacerla es como mirar tu rostro y luego olvidarlo. ¿Por qué?
Se me ocurre pensar que, frente a la Palabra viva de Jesús, cada oyente -o lector – puede ver que su vida podría ser distinta a lo que es. Algunos se ven sanos, otros se ven gozosos, algunos otros se ven libres, mientras que otros tantos se ven viviendo una vida llena de propósito… La Palabra nos lleva a imaginarnos una vida mejor de la que tenemos, nos lleva a ver una mejor versión de nosotros mismos, ¿no? ¡Y claro que nos emociona eso!
¿Quién no experimentó alguna vez esa inyección de adrenalina cuando leyó u oyó alguna palabra y quiso ir a ponerla en práctica enseguida antes de olvidarla o de “perder la inspiración divina”? Pero lo que a veces recibimos con tanta fe un domingo, ya para el martes nos parece un recuerdo. Y el viernes ya ni eso… Santiago diría que “olvidamos nuestro rostro”.
Menos mal que Santiago nos dice qué podemos hacer para que esto no suceda:
Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace.
Santiago 1.25
A mí la chica que me dio la clase me mandó un archivo con un resumen. No me alcanza para hacer lo mismo de esa vez, pero sí para ir recordándolo. Y en caso de duda, siempre puedo volver a contactarla.
A nosotros Dios nos dejó su Palabra. Y para aplicarla, nos dejó el Espíritu Santo. Quizás sea momento de contactarlo, ¿no? Estoy segura de que vas a poder ver más nítidamente esa mejor versión de tu rostro en Él.
Yanett Sokur
